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Mi noche de calabazas

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De cómo un par de policías delincuentes intentaron extorsionar a un periodista de traje y corbata.



Era martes por la noche. Salí de Canal N, después de haber sido entrevistado por Mario Ghibellini y Carla Harada y de haber tenido como contertulio al congresista Sergio Tejada, y le pedí al taxista que me llevara a Maestro Home Center de Surquillo, donde quería comprar unas repisas. Había tráfico y el taxi me dejó en la vereda de enfrente, a una cuadra de la tienda, casi al costado de una pollería. Me apeé del vehículo y cuando me disponía a cruzar la pista, unos vulgares delincuentes me “intervinieron”: eran policías. Me pidieron el DNI -que no pude negarme a darles, después de todo son la “autoridad”- y luego de identificarme, decirles que me esperaban en la tienda y preguntarles cuál era su problema conmigo, me espetaron a quemarropa que mi actitud era “sospechosa” y que debía acompañarlos a la comisaría. 

De inmediato, comprendí que se trataba de esas canalladas para infundir terror y hacer caer al “objetivo” en una crisis nerviosa con el fin de ponerlo contra las cuerdas y ablandarlo para sabe Dios qué fines inconfesables. Como de algo sirve leer tantas biografías de personajes célebres que pasaron por trances de violencia inaudita en su momento, no se me ocurrió otra cosa que poner cara de máscara y exigirles, indolente, al estilo de Carlos I de Inglaterra a sus verdugos, que me explicaran cuál era el delito y con qué autoridad me impedían el libre tránsito a la tienda de la otra vereda. Lejos de contestarme, no se les ocurrió mejor idea que tratar de atarantarme con el ya agotado cuento del “examen toxicológico”.

Para mí no hubo más. En ese momento, se terminó cualquier conversación y no sólo me negué con la mano en alto a sus exigencias de subir a su camioneta sino a que me pusieran un dedo encima (¡querían revisarme!). Saqué el celular y llamé a una amiga experta en resolver problemas, la cual, para mi buena estrella, justamente se encontraba haciendo joggin’ -¡en 4×4!- con otra amiga mía abogada, a unas cuantas cuadras. Dijeron que no tardarían en llegar. 

En el ínterin, los dos fascinerosos, que habían estado consultando los datos de mi DNI en su computadora, empezaron a entender que habían cometido un craso error, aunque nunca llegaron a obtener más señas de las que figuraban en el documento. 

Mientras mis dos abogadas les gritaban por el celular que ipso facto iban a tener que reportar su inaudito atropello a sus superiores, uno de los extorsionadores con placa policial me exigió que… ¡confiese! Ahí, en plena vía pública. El obtuso no quería dar su brazo a torcer. ¿Dónde está?, ¿dónde lo botó? vociferaba. ¿Qué? – dije yo – ¿el chicle? Entonces, el jefe de la banda, un gordo bigotón de rostro indefinible, se metió a la camioneta y gruñó: aquí tiene su DNI. Lo cogí con dos dedos mientras escuché, proferida con un odio indecible, la pachotada del perdedor: ¡Es usted un cobarde! ¿…?

En mi concentración por no perder nunca la compostura, no presté atención a identificación alguna. Mi amiga ‘resuelvetodo’ los vio partir justo cuando llegaba por la esquina y tampoco pudo ver su placa. Dos minutos después, llegó la abogada y el amigo que me esperaba dentro de la tienda. Los recibí con alegría.

Doy gracias porque no se me arrugó el saco y tanto la corbata como el pañuelo estaban en su sitio. Hubiera sido una lata tener que ir a cambiarme y perder mi tiempo por tan poca cosa. Ya compraría las repisas en otro lado pues tenía un compromiso más tarde, pero igual me alegró la noche que dos aviesos tramposos se fueran con mi cara de máscara para el recuerdo y las manos vacías. 

Estoy seguro de que no los volveré a ver nunca más. Qué lástima que sea eso lo que cualquier ciudadano de a pie espera de su policía. ¿No le parece, señor ministro?

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