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Matemáticas y sentido común

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Las cifras, en realidad, no sirven si no se tiene seso: el caso de Robert McNamara es emblemático.



Tal vez porque nunca fui muy bueno en matemáticas agudicé al máximo mi sentido común. Hoy las matemáticas están a la orden del día por el coronavirus. Se utilizan en curvas que nadie entiende y en “mesetas ondulantes”, en prospectivas de vida o muerte, mientras que el país vive un vía crucis de salud y economía.

Pero las matemáticas y sus modelos estadísticos parecen decir una cosa y el sentido común otra. Entonces: o las cifras son falsas o están malinterpretadas pero, sea cual fuere la explicación, la realidad del sentido común no falla. Siempre he sospechado de aquellas decisiones que se toman exigiendo cifras que sustenten las buenas ideas. Y esto tanto en el sector público como en el privado.

Me parece que aquellos que piden cifras lo hacen para tapar su ineptitud, ignorancia o por seguir una moda. Las cifras, en realidad, no sirven si no se tiene seso. El caso de Robert McNamara es emblemático. Tal vez en los años 20 del siglo XXI nadie sepa quién fue McNamara. Pero en su tiempo –que fueron los años 60 del siglo XX– fue uno de los hombres más poderosos del mundo. Fue a la corta edad de 43 años presidente de la Ford Motor Company, siendo considerado uno de los máximos responsables de la expansión y éxito de la compañía en el periodo de posguerra.

McNamara era un genio de las matemáticas y las utilizaba para gerenciar sus decisiones empresariales. En 1961, a los 44 años, fue llamado por John F. Kennedy para ocupar el importante cargo de Secretario de Defensa de los Estados Unidos de América, que desempeñó hasta el 29 de febrero de 1968 cuando fue licenciado por Lyndon B. Johnson.

Sobre los hombros de McNamara recayó la guerra de Vietnam. Y viniendo de la empresa privada, llevó a la guerra los protocolos de toma decisiones que usaba en la Ford. Y, como es bien sabido, pese a todo su poder bélico los Estados Unidos fueron derrotados por primera vez en su existencia.

Durante los siete años que McNamara estuvo a cargo, Estados Unidos se desangró y una serie de revueltas estallaron para acabar con el conflicto. Nació el hippismo y el pacifismo invadió la conciencia de millones de americanos. McNamara seguía haciendo cálculos, y enviando hombres y equipos a Vietnam, hasta que los números le dijeron algo que el sentido común había decretado hacía tiempo: que nunca iban a ganar. De eso se trataban los “papeles del Pentágono”, que en la presidencia de Nixon salieron a la luz a través del Washington Post.

En resumen, los números llegaron mucho después que el sentido común. Cuando McNamara le dijo a Johnson que los números los habían derrotado, Johnson le dijo que él no sería el primer presidente de los Estados Unidos en perder una guerra. Dicho esto, lo despidió y lo envió a un puesto dorado como presidente del Banco Mundial, donde fue por trece años el todopoderoso.

McNamara se hizo pacifista y terminó sus días a los 93 años, en 2009. Su pasión por los “indicadores”, los “flujos” y las matemáticas le hizo perder la guerra del sentido común. Nunca lo olvidó. Que nadie lo olvide.

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