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Martinillo y su ascenso social

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Era indio tallán, actuó de intérprete y terminó como encomendero en Huaura, vecino de Lima y esposo de una dama española.



Hoy toca conocer a todo un personaje de la conquista, una suerte de Lazarillo de Tormes, a lo mejor un señor don Pablos metido a buscón de Quevedo y registrado, a la hora de la hora, como el único indio que fue nombrado encomendero, gestionó títulos en España y desposó a una dama española. ¿Cómo lo hizo? Con la lengua.

Aclaremos. Nuestro personaje era tallán, natural de Poechos y sobrino del curaca Maizavilca, un gobernante muy político y despierto. Ignoramos su nombre original aunque puede asumirse que, como buen tallán, el protagonista de esta historia dominaba el sec y el quechua, y probablemente se manejaba en habla mochica.

De mozo vio llegar la destrucción de las guerras entre Huáscar y Atahualpa. Felizmente, el tío Maizavilca supo estar del lado correcto, del lado del vencedor. Pero ya en tiempo de Atahualpa aparecieron estos barbudos de la mar. El tallán tendría catorce años cuando vio a los españoles llegar al valle del Chira. Venían de Tumbes, tenían lana en la cara como las llamas y cabalgaban unos animales muy fuertes y de patas sonoras. Venían a establecerse en Tangarará un buen tiempo.

Maizavilca fue muy astuto. Entretuvo a Pizarro, lo trató bien hasta que meses después los barbudos subieron a la sierra. De ese modo cumplió las órdenes de Atahualpa. Pero en el ínterin el astuto tallán Maizavilca entabló con Pizarro una amistad y una alianza, que fueron sinceras y duraderas. Como símbolo de semejante alianza Maizavilca le entregó a Pizarro, a título de ahijado, a su sobrino recién bautizado como Martín.

De Francisco de Orellana, explorador de la selva, se ha dicho que tenía “de lenguas mucha noticia y para las hablar gran pericia”. Martinillo, el ahijado de Pizarro, era más que Orellana. Basta con entender que en solo cinco meses de convivencia con los barbudos llegó a dominar el español con más fluidez, desplazando a Felipillo de Tumbes que llevaba años con los foráneos.

A la hora de la hora, Francisco Pizarro depositó una y otra vez toda su confianza en su ahijado traductor y el tallán Martinillo le respondió en campo jornada tras jornada. Así fue como a Martinillo se le abrió una ruta de auge, prosperidad y reconocimiento social inusitado. Pero ya muerto el padrino y por su lealtad a los Pizarro, don Martín cayó en desgracia.

Ambas trayectorias las revisaremos en la siguiente entrega. Solo un adelanto: al final la española lo quiso bien a Martinillo. Pero ya era tarde…

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