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Los “tontos del pueblo” siembran el caos

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“El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”. Umberto Eco



Umberto Eco decía que “el drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”. Le indignaba que la voz de un ciudadano con cultura superficial y sin ningún análisis crítico  pudiera valer lo mismo que la de un prestigioso escritor o un Premio Nobel.

Dentro de la lógica de Eco, era necesario pensar (actividad intelectual compleja) antes de expresarse. Pasó los últimos años de su vida condenando esa conectividad permisiva y sin límites, simplemente porque generaba un nivel de igualdad entre personas disímiles; más allá de su nivel de comprensión premiaba a los ignorantes sin merecerlo.

A pesar de todo, creo que esa indignación —casi irracional— le impidió visualizar los riesgos reales de esta democratización virtual. Con redes sociales activas y contestatarias es mucho más difícil gobernar un país. Se mantienen en vigilancia permanente, y suelen ser muy hostiles y despiadadas. Los seudónimos y el anonimato abren la puerta a las falacias y a la posverdad. Siembras una semillita y se vuelve viral: el daño es inmediato.

Hace algunos días, Juan José Garrido en su columna editorial de Perú21 mencionaba: “Todos chillan ante la corrupción, pero ya no hay marchas ni paros”. Me pregunto si salir a la calle es más eficiente que la fuerza de las redes. Definitivamente no: la gente generalmente repudia las marchas y las protestas callejeras, mientras que la exaltación a través del Internet obtiene resultados automáticos sin mayor esfuerzo y costo. Prueba de todo lo anterior es la salida del jefe del INEI dentro de las veinticuatro horas de concluido el calamitoso censo del 22 de octubre pasado.

A mucha gente culta le repelen las redes sociales, pero forman parte de la realidad y hay que adecuarse. Juegan un rol fundamental en las campañas electorales: son un factor gravitante para reducir las ventajas tradicionales de recolección de fondos y acceso a la publicidad e incluso la disciplina y fortaleza de los partidos políticos —así como la ideología grabada en piedra— pueden verse debilitadas ante la fuerza arrolladora de las redes. Donald Trump llegó a la presidencia gracias a ellas; las expresiones de racismo y xenofobia le permitieron resucitar a los marginados que fueron su gran caudal electoral.

Nos hemos preguntado si nuestra Reforma Electoral (que está tomando un tiempo excesivo de maduración y reflexión) será realmente efectiva si se concibe a espaldas del impacto que podrían tener las redes sociales. Sabemos que hoy es imposible regularlas pero tampoco debemos perderlas de vista. Recordemos que la tecnología avanza más rápido que el tiempo. No nos confiemos: el proceso electoral del 2021 podría darnos inesperadas sorpresas.

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