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Los locos años 20 del siglo XXI

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La humanidad NUNCA aprende de sus errores porque es cada vez más estúpida: al fin de todo esto y enterrados todos nuestros muertos (que ya no serán noticia), la gente sólo querrá divertirse. El resto es silencio.



Mario Vargas Llosa ha concedido una entrevista al periodista Raúl Tola, en la que pronostica días difíciles para la libertad y la democracia en torno a los individuos, y derechos políticos y civiles, como consecuencia de la pandemia. Dice que hay que estar alertas.

Tengo una lectura totalmente contraria. La historia enseña que luego de crisis que han puesto al mundo y a las civilizaciones en peligro de muerte –guerras, pestes y catástrofes naturales–, las fuerzas de la libertad se han desencadenado de tal forma que han tomado la forma del hedonismo y el individualismo más exacerbado. Es decir, han hecho lo opuesto a lo que se espera de ellas, a saber: la sabiduría para administrarse de tal forma en que la responsabilidad individual y la social confluyan.

Ya me lo había adelantado un amigo bastante sabio: “La gente cree que después de esta catástrofe vamos a ser mejores seres humanos, bajo el argumento de que la humanidad aprende de sus errores. Eso es lo más falso que existe”.

Es decir, la humanidad NUNCA aprende de sus errores porque es cada vez más estúpida: en la medida de que está conformada por un 99% de estúpidos, y de que el 1% que sí puede sacar lecciones de una tragedia mundial nunca está en puestos de liderazgo político u otros similares para guiar a los demás por un rumbo de libertad en responsabilidad.

De hecho, el que quiera un ejemplo lo puede tener descarnado en el fin de la Primera Guerra Mundial y la subsecuente gripe española que mató a más de 20 millones de personas. ¿Qué hizo el mundo luego de esas inmensas y verdaderas catástrofes? Pues se dedicó a divertirse. Los cuatro años de muerte y destrucción que significaron la Gran Guerra, la caída de imperios y reinos y el cambio cartográfico de Europa fueron el pretexto perfecto para que los sobrevivientes se dedicaran a vivir la vida loca al son del charleston, las fiestas y el champán, los viajes transatlánticos en lujosos paquebotes de cuatro chimeneas y zepelines, así como al desenfreno en la bolsa que –diez años más tarde, luego de una sobreoferta de bienes y servicios– hizo otra vez colapsar el mundo.

Y en el ámbito de los altos negocios mundiales y tras fracasadas “sociedades de naciones”, no pasaron ni veinte años para que los mismos que pelearon la Primera Guerra Mundial se enfrascaran en la Segunda, mucho más letal e inmoral que la primera. Solo las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki nos han contenido hasta la fecha lanzarnos a otra guerra por las razones que fueran

¿Aprendió la humanidad? ¿Se volvió más responsable? No. Terminada la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos tuvo su mejor época de consumismo e individualismo, con lo que se repitió la secuencia que después de la catástrofe no viene la reflexión sino el desenfreno. ¿Y qué hemos visto aquí nomás, en Perú? Colas de gente de toda condición social esperando a que reabran los supermercados. ¿Para qué? ¿Acaso iban a comprar algo ESENCIAL que ya tenían en mente para su hogar, vida o trabajo? No. ¡Iban a ver LAS OFERTAS! Es decir, iban a turistear en plena cuarentena, y cuando los contagios están en su cenit.

¿Alguien cree que si se suspende el toque de queda toda esta generación de adolescentes que ha estado encerrada más de cien días reflexionará sobre su futuro? ¡Lo primero que harán es ir a una discoteca y bailar hasta morir! En simple, los que no están en la contabilidad macabra de los 25 mil muertos (por cierto, más de los que fueron asesinados con el terrorismo de Sendero Luminoso en diez años) se dedicarán a celebrar la vida en un frenesí de libertad individual.

En cuanto a lo político, lo que teme Vargas Llosa tampoco tiene sustento. La gente reclamará por esas libertades que querrá usar como le venga en gana y que, paradójicamente, encarnan políticos como Donald Trump o Jair Bolsonaro: ambos enemigos de la dictadura restrictiva de la corrección política y del pensamiento único vigente de la izquierda caviar.

Y también paradójicamente, esos enemigos de la libertad que son los caviares serán los más golpeados por la post pandemia aunque alucinen en sus mentes febriles que el Estado retornará más fuerte y protagónico con ellos a la cabeza. ¡Pamplinas! Al fin de todo esto y enterrados todos nuestros muertos –que ya no serán noticia–, la gente solo querrá divertirse. El resto es silencio.

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