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Los lloriqueos son para los niños y los cobardes

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Quienes sabemos perfectamente quiénes somos no tenemos por qué rendirles cuentas a ninguno de estos "señores representantes" de la "tolerancia", la "honestidad" y la "democracia" de albañal; mucho menos renunciar a nuestras obligaciones laborales ni abdicar a nuestros deberes de opinión porque lo piden un grupete de totalitarios.



Lo primero que tienen que entender quienes no creemos que el mundo debe ser como los caviares quieren imponérnoslo es que estamos en una GUERRA de defensa propia. La ideología de género obligatoria desde el Estado y sus leyes, la agenda LGTBI, el “lenguaje inclusivo”, la censura de la  “corrección política” y, en general, el mundo al revés donde nada el pájaro y vuela el pez, no solo atañe a un partido político sino a todo un frente de ciudadanos que abomina el totalitarismo travestido de “tolerancia”, “honestidad” y “democracia”.

¿Acaso es tolerancia emboscar a una legisladora porque a un sujeto cobarde no le gustó el sentido de su voto sin conocer un ápice del contexto legal en que este se produjo, más allá del personaje “juzgado” ya por la “opinión pública”? ¿Tolerancia es pintar a Keiko Fujimori como una rata, deshumanizándola como hacían los nazis con los judíos, y exponerla a la violencia física con el cuento de que los políticos están sujetos al escrutinio y la indignación pública, como “sugiere” el señor Renato Cisneros en una columna de un pasquín local, “comprendiendo” –sin decirlo expresamente– el vil ataque al auto del congresista Becerril por una turba? ¿O es muy tolerante que una pandilla de chusma anónima descalifique desde las redes sociales cualquier opinión que no coincida con su agenda antifujimorista o antikeikista o anti Fuerza Popular, o anticonservadora o antiliberal o anticlerical o antiaprista con el sambenito de la “mafia”?

¿”Narrativa de la mafia” es la tolerancia encarnada en un “dramaturgo” de medio pelo como el señor Eduardo Adrianzén? ¿O “bendito sea el odio” es más tolerante aún porque lo dice un pergueñero aburrido y sin matices como el señor Robles? ¿Señalar con el dedo a Víctor Andrés Ponce, Armando Canchanya, Jaime de Althaus y Mariela Balbi –los pocos periodistas que no le siguen la cuerda al señor Álvarez, Hildebrandt o a esas bombas intelectuales que son las señoras Oxenford o Huertas– es la tolerancia de una sana, robusta y deseable libertad de prensa y de opinión?

¿Publicar fotos de reuniones sociales entre colegas y amigos que no forman parte del cogollo del cartel mediático como Pedro Tenorio (¡cuánta injusticia porque él ocupa el cargo de director de IPYS!), Jessica Chahud, Ricardo Gómez Palma, Juan Paredes Castro y Juan Carlos Valdivia denunciando un “contubernio” –para exponerlos a una turba fascista que ya no cuelga de los postes a quienes no piensan como ellos pero sí atenta contra su dignidad y pide sus cabezas en redes sociales– es tal vez un nuevo concepto de “tolerancia” para el periodismo nacional? ¿Sería “tolerante” que una turba de fascistas repugnantes de igual manera quemara en la hoguera a todos estos señores Álvarez Ródrich, Cisneros, Adrianzén, Robles, Oxenford y Huertas (solo por poner a algunos de los más conspicuos “tolerantes”)? ¿Les parecería a ellos que esos delincuentes son “tolerantes”?

¿Y la honestidad? Pasemos a la honestidad, pues. ¿Son honestos todos esos individuos buenos para las fotos y los micrófonos y los viajes a las conferencias internacionales porque están inscritos en los clubes cuyos membretes hábilmente han asociado con esa virtud?  ¿El señor Ugaz o el señor Távara son más “honestos” porque fueron o son presidente y secretario general de “Transparencia Internacional”? ¿O el señor Rolando Ames y la señora Sofía Macher son más “transparentes” porque pertenecen a su “consejo directivo”¿El señor Albán con el señor Jorge Medina serán tal vez más “éticos” porque son los capitostes de Proética? ¿Y el IPYS y el IDL? ¿Cuánta honestidad hay allí luego de haber recibido plata de Odebrecht para premios de periodismo y de la Fundación Open Society, especialista en succionar niños para que no nazcan? ¿El cartelito de “honestos” los hace HONESTOS?

Y, finalmente, acaso aquellos que creen que disolver el Congreso elegido por cinco años porque no les gusta la mayoría que ganó la elección son un ejemplo de democracia? ¿Meter presos por tres años a gente que se presume inocente mientras un inquisidor “investiga” un “crimen” a la medida de un cajón de sastre es un paradigma de estado de Derecho? ¿Invertir la carga de la prueba –teniendo que probar el acusado su inocencia, en vez del representante del Estado la culpabilidad del otro– es vivir en democracia? ¿El tribunal de la tele, las redes y la turba es el “menos malo de los sistemas”?  ¿Perseguir a los que piensan distinto a una argolla enquistada en los poderes del Estado, las ONG y la Academia, pedir renuncias o expulsiones de los centros de trabajo tiene algo que ver con la democracia?

Quienes sabemos perfectamente quiénes somos no tenemos por qué rendirles cuentas a ninguno de estos “señores” (detesto el lenguaje “inclusivo”) de la “tolerancia, la “honestidad” y la “democracia” de albañal.  Menos ponernos de rodillas ni lloriquear perdones o favores de ningún tipo. Mucho menos renunciar a nuestras obligaciones laborales ni abdicar a nuestros deberes de opinión porque lo piden un grupete de totalitarios disfrazados para Halloween.

Los lloriqueos son para los niños y los llamados a la clemencia para los cobardes. Amigos míos: ya estamos bastante grandecitos para pasar por niños. Y los cobardes siempre han sido, son y serán despreciables.

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