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Opinión

Los eternos quejumbrosos

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Estacionamientos: vivimos en una ciudad donde nos quejamos de todo y, lo que es peor, donde los más quejosos son quienes más tienen.



Vivimos en una ciudad donde nos quejamos de todo y, lo que es peor, donde los más quejosos son quienes más tienen. Un ejemplo de esta paradoja es que nos quejamos del tráfico de la ciudad cuando nos movilizamos en cómodos y modernos carros último modelo con aire acondicionado, mullidos asientos y sofisticados equipos de música… mientras que millones de conciudadanos tienen que movilizarse apretados y sudorosos en incómodos micros e inaparentes taxis en un caluroso y agobiante verano.

Nos quejamos también de la falta de estacionamiento pero, ahora que tenemos espacios seguros, modernos, apropiados y civilizados para aparcar nuestros vehículos, no nos gusta pagar por esa civilización como se paga en cualquier ciudad civilizada del mundo, donde las tarifas por este tipo de espacio son bastante más elevadas que aquí en Lima. Consideramos que las calles son nuestra propiedad privada, los utilizamos como garajes particulares para estacionar nuestros vehículos pagando sumas sencillamente irrisorias por hora tarifa fijada por la autoridad metropolitana, por lo demás— y neutralizando de esta manera espacios públicos por varias horas del día, en detrimento de la normal rotación que debería existir para estos sitios… como en cualquier ciudad civilizada del mundo, recalco.

Si queremos movilizarnos en vehículos particulares en una ciudad precisamente cada vez más atosigada de vehículos particulares: ok, ¡paguemos por ello y no nos quejemos, entonces! Mientras esperamos pacientemente o no un sistema ideal o no tan ideal de transporte público, agradezcamos la inmensa suerte de movilizarnos en condiciones privilegiadas en una ciudad donde las condiciones de movilidad para la inmensa mayoría de personas son absolutamente precarias.

Mi padre un personaje de una Lima que ya no existe jamás tuvo un auto: lo detestaba y nunca aprendió a manejar. Caminaba muchísimo y se movilizaba en transporte público, leyendo libros mientras el colectivo lo llevaba a la Universidad Cayetano Heredia a dictar sus clases. Así vivió 85 años y fue muy feliz.

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