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Los congresistas justos pagan por los pecadores (II)

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Tenemos que entender que ser congresista es o debe ser una profesión, pero que al mismo tiempo esta resulta un poco distinta a cualquier otra: se tiene que lidiar con otras 129 personas para llegar a consensos.



En el artículo anterior señalé la conveniencia de que la ciudadanía tenga la opción de reelegir o no a sus congresistas. Tratar de mantener a los buenos elementos es un mecanismo natural que las personas y empresas aplican, porque dudan que otra persona lo pueda hacer mejor y no quieren perder tiempo en buscar un reemplazo. Visto los comentarios y la importancia del tema, añado lo siguiente:

Todos los congresistas son iguales y corruptos: falso. No se puede acusar sin especificar los delitos, no se puede generalizar con tanta facilidad. No debemos dejarnos impresionar por fotos o titulares escandalosos. Hay que ir al punto –a las pruebas–; solo así haremos política seria.

Hay millones de peruanos honestos: ojalá postulen. Todos los que resultaron corruptos decían lo mismo: “Todos son corruptos políticos tradicionales, nosotros no”. Resultaron peores. ¿Ejemplos recientes? Los Humala. Millones les dieron su voto; les creyeron. Igualito pasa con los que postulan al Congreso, prueba de que es difícil encontrar gente honesta. Por eso tiene sentido reelegir a los probadamente honestos y capaces.

Culpan a la cifra repartidora: puede ser, pero la realidad es que la mayoría de personas que han llegado al Congreso no da la talla y, encima, algunos resultaron corruptos o tuvieron actitudes reñidas con la ética o la moral. Bueno, ese es justamente el problema: independientemente del sistema que les permitió llegar ahí, no hay filtro de partidos y la gran mayoría no analiza cuando vota.

Hay gente joven que puede aprender rápido; debemos darle la oportunidad: eso ya ha sucedido. Actualmente hay más de 90 congresistas nuevos. Ok, entonces le damos la oportunidad a uno que resulta excelente pero –¡qué pena!– no hay reelección.Volvemos al círculo vicioso.

Nadie es indispensable: cierto, pero la realidad es que cualquiera que quiere contratar una persona –para cualquier posición o servicio– busca alguien que tenga experiencia probada.

Tenemos que entender que ser congresista es o debe ser una profesión, pero que esta resulta un poco distinta a cualquier otra: se tiene que lidiar con otras 129 personas para llegar a consensos. Si a veces dos personas no se ponen de acuerdo sobre un solo tema por años, imagínense un Congreso. Esto reafirma, insistimos, la importancia de la experiencia requerida para estar en el Congreso, y que una vez ganada no se puede o no se debe desaprovechar.

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