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Opinión

¡Los chuspis del Sara Sara!

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De cómo Sánchez Cerro ordenó bombardear a los comuneros de Oyolo en enero de 1931.



El comandante Ollanta Humala ha inaugurado su propio busto en Oyolo, cuna de los Humala. Tras la caída de Leguía en agosto de 1930, se discutía la reforma del fútbol y el delegado del Club Parinacochas, de apellido Humala y probable padre de don Isaac, presentó un proyecto que opacó el de los encopetados dirigentes limeños.

La gran reforma del fútbol quedó en nada, vino el Año Nuevo con su matanza de Reyes en el Estadio Nacional y los conflictos se sucedían mientras Sánchez Cerro, ya entrado 1931, pretendía postular a la presidencia sin dejar el poder.

Nada detenía el desencuentro. En Ayacucho, un conflicto entre los comuneros y los mistis de Oyolo se salió de cauce, y los comuneros mataron a algunos de los privilegiados mistis. Toda la comunidad se rebeló y la noticia llegó a Palacio de Gobierno encendiendo nuevamente la alarma, mientras los expertos en inteligencia quemaban neuronas preguntándose si era posible encontrar el indicio de alguna conexión entre la matanza del estadio y la rebelión de los comuneros de Oyolo.

La respuesta de la Junta fue enviar dos aviones con la orden expresa de bombardear Oyolo. Vaya tiempos de conflicto. Esos aviones eran tan nuevos en el horizonte peruano de 1931 que los comuneros del Páucar del Sara Sara los bautizaron como chuspis, o sea mosquitos en quechua. Los aviones surcaron los cielos pretendiendo cruzar la cordillera para escarmentar desde las alturas a los comuneros de Oyolo.

Pero las alturas del Sara Sara eran extremas y las naves no pudieron superar los cinco mil metros sobre el nivel del mar. Uno de los chuspis logró dar media vuelta y retornó a Lima a contar la historia. El otro avión no alcanzó a completar la maniobra de retorno, cayó al río cerca de San Sebastián de Sacraca y los pobladores llevaron restos del fuselaje a la plaza principal a exhibirlos como trofeo. Cuando las fuerzas del orden lograron llegar por fin a Oyolo, la represión fue dura y nuevamente corrió sangre.

Pero en la capital la noticia no causó en los medios escritos el impacto debido ni tuvo cobertura destacada pues competía con otros sucesos de mayor espectacularidad.  Los estudiantes de San Marcos retomaban el control de la Universidad y salían en marcha a las calles. Una vez más ganaron los aires el ruido de balas y el agitado rumor de las multitudes guareciéndose del plomo.

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