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Los amigos que perdí

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Ollanta y Nadine se abren frentes en su propio entorno pero siguen acusando a adversarios políticos de sus desgracias.



Tomo el título de un célebre libro de Jaime Bayly para graficar y buscar que se zanje, de una vez por todas, el mito del cargamontón de los adversarios levantado por el expresidente Ollanta Humala y su esposa Nadine Heredia (quienes disfrutaron por mucho tiempo el mote de “pareja presidencial”, sin precedentes en la historia peruana) para explicar sus actuales desgracias políticas y judiciales.

No es así. Ollanta-Nadine fueron y son confrontados con más dureza por su propio entorno, no solo el familiar sino también el de la gran mayoría de quienes creyeron en la prédica nacionalista o su conducta transversal, honesta y sencilla que debía “hacer la diferencia” con el resto de políticos o partidos.

Citemos a don Isaac Humala, el patriarca familiar, quien pudo hacerse del fácil expediente de subirse al coche del poder junto al hijo ungido como primer mandatario. Optó en sentido contrario para —equivocado o no— denunciar el desvío ideológico de su administración y plegarse a la causa de libertad del otro vástago, Antauro, con quien quizás Ollanta debió compartir el mismo destino carcelario como auspiciador del Andahuaylazo de enero del 2005.

Le siguió el hermano mayor, Ulises, quien hoy hasta pone en duda que Ollanta-Nadine sean ajenos a la extraña muerte del sobrino Daniel Seiffert Humala (el hijo de su hermana Ivoska), desaparecido y hallado muerto en la morgue de Lima luego de un mes. Ivoska también padeció hace poco un rarísimo asalto en su residencia de Suiza a cargo de asaltantes de habla castellana.

Y cómo no recordar a los dos ex vicepresidentes de Ollanta y a los 22 de los 47 congresistas nacionalistas del periodo 2011-2016 que se apartaron asqueados por la indiferencia de Ollanta y la prepotencia de Nadine. O a los frustrados candidatos presidenciales Milton Von Hesse y Daniel Urresti, a quienes Nadine utilizó como fachada de consistencia partidaria para luego deshacerse de ellos casi con un puntapié en el trasero.

Y si abordáramos los testimonios de otra decena de personas que trabajaron cercanamente a Ollanta-Nadine, los cuales comparten en círculos más cerrados la historia de horror de lo que hizo (y sobre todo de que lo deshizo) tal pareja desde Palacio de Gobierno, la lista se vuelve interminable.

De manera que el ánimo de victimización echándole la culpa a conspiradores de todo pelaje (Keiko Fujimori, Alan García, Julia Príncipe, Marisol Pérez Tello, Rosana Cueva y un largo etcétera) diciendo: “Durante este tiempo… ha habido una campaña para desprestigiarme” (Nadine dixit) llama a una sonora risa condescendiente cuando ni siquiera han podido hacer control de daños entre su propia familia y amigos.

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