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Ley y orden contra la peste

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En quince días todos evaluaremos los resultados; y con la ayuda de Dios, prevaleceremos. Y si alguien se quiere aprovechar y pasar de vivo, protestaremos.



Después del caos y el desacato del primer día de cuarentena obligatoria y emergencia nacional –decretada por el gobierno para detener la plaga del coronavirus que viene arrasando la desarrollada Europa–, hoy reinó el orden y la ley en todo el país. En la ciudad capital la medida se ejecutó radicalmente y parecía una ciudad fantasma.

Al parecer las medidas complementarias y aclaratorias dictadas por el Ejecutivo sobre bonos para las familias más vulnerables (y otras más que habían quedado en el aire el día domingo en que se anunció el mensaje presidencial) tranquilizaron a la población, y la orden del Ejecutivo de penas de cárcel y confiscación de tarjetas de propiedad y brevetes para los infractores también hicieron lo suyo. Pero lo más importante, creo yo, ha sido la difusión por las redes sociales y medios de comunicación del horroroso cuadro de muerte y contagio masivo y sin fin que viene soportando la vieja Europa.

Italia y España superaron los muertos por coronavirus que tenía China, y los servicios de salud altamente desarrollados han colapsado. Han llegado a la fase de la “balanza”: aquella en la que los médicos deben decidir quién vive y quién muere de acuerdo con la edad y otras consideraciones del paciente.

El sentido común nos dice que si en esos países –con altos niveles de desarrollo en infraestructura hospitalaria y en salud– la peste los ha hecho añicos, cómo sería aquí donde nuestros sistemas sanitarios son una desgracia desde hace décadas de décadas. No solo el contagio, sino la mortandad sería terrible y no respetaría ni a ricos ni a pobres, pues si alguien pensara trasladarse al extranjero para “curarse” ningún país lo admitiría. Ya todas las grandes potencias han cerrado sus fronteras y ya tienen suficiente con el coronavirus en casa.

Ni qué se diga de los pobres: morirían como moscas.

Es espectacular que esto esté pasando en pleno siglo XXI, a cien años de la pandemia de gripe que en el siglo XX aniquiló a más de veinte millones de personas, superando los muertos de la Gran Guerra. Las películas de ficción se han hecho realidad y la única manera de salvarnos es obedecer al Estado y no buscarle tres pies al gato, como empiezan a decir ciertos politólogos despistados acerca de que la suspensión de los derechos civiles no tiene nada que ver con el combate de la peste.

Aquí las cosas son en blanco y negro. Obedeces y no pones en riesgo tu vida y la de los demás, o el Estado tiene el derecho a aplastarte como una mosca por atentar contra la salud pública. Punto. Nada de disquisiciones estériles y teorías de la conspiración política.

En quince días todos evaluaremos los resultados; y con la ayuda de Dios, prevaleceremos. Y si alguien se quiere aprovechar y pasar de vivo, protestaremos.

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