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Las jugarretas de Marianella Ledesma

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Conclusión: la credibilidad de la señora tribuno es cero y su fustán más rojo que su lápiz labial.



La magistrada del Tribunal Constitucional Marianella Ledesma fue otra de las que ese último viernes se quitó la careta en el semanario Hildebrandt en sus trece. No contenta con decir que ella era “adversaria al fujimorismo” –descalificándose a sí misma por carecer de la menor imparcialidad en el caso de hábeas corpus de Keiko Fujimori, que ella decidirá con uno de sus votos– también dijo que la habrían presionado para que emitiera un voto unánime sobre este caso.

Cuando la señora Ledesma fue preguntada sobre quién o quiénes le habrían hecho ese emplazamiento o sugerencia guardó silencio. O sea, lanzó la piedra y escondió la mano. Luego emitió un comunicado reafirmándose en lo dicho en el semanario, PERO VOLVIÓ A OMITIR NOMBRE ALGUNO. Todo un psicosocial por donde se le mire, para tratar de influir en el clima revuelto en el que se elegirán a sus reemplazos este próximo lunes.

Lo que quiero decir es que la señora Ledesma es parte de ese plan de deslegitimización del proceso de selección y elección de los nuevos miembros del TC, así como como de un fallo que eventualmente salga a favor del hábeas corpus de la señora Fujimori. Y se suma a esta bajeza que no es la primera vez que procede de tal manera para sus propios y condenables fines.

Ya en 2016 Ledesma le quitó piso a su propia institución, que terminó acusándola de haber hecho público su voto –“filtrado” al semanario Hildebrandt en sus trece– sobre el caso de las universidades UPC y UPN, que buscaban ser exoneradas de impuestos. El voto de Ledesma apareció en singular, como la única santa que luchaba contra la angurria de las grandes empresas, dejando a sus colegas como palo de gallinero y alegando, cómo no, QUE HABÍA RECIBIDO PRESIONES PARA CAMBIAR SU VOTO.

Estimado lector: ¿le suena a usted a historia conocida? Agárrese: en esa oportunidad TAMPOCO DIJO QUIÉN LA PRESIONÓ. En este caso estuvo a un paso de ser destituida por sus propios colegas, quienes se manifestaron ofendidos.

Y ahí no acaban las precuelas. En junio de 2017, nuevamente se “filtró” (según el semanario, se trató de “una fuente de alto nivel del TC”) su voto singular contra una sentencia que disponía que la Sunat le devuelva una fuerte suma al Scotiabank, una deuda tributaria que se negó pagar durante catorce años pero que tuvo que cancelar gracias a un fallo del Tribunal Fiscal. Ledesma fue la única que estaba a favor de la Sunat, pese a que había un caso anterior de una persona natural que hacía de precedente para tal fallo. En esa ocasión, utilizando el guion que ya conocemos, la señora Ledesma afirmó al semanario que… HABÍAN INTENTADO PRESIONARLA PARA CAMBIAR SU VOTO y que este sea unánime con el de los demás magistrados. Con la misma severidad y melodramatismo de ahora –ante el hábeas corpus de Keiko Fujimori– la señora Ledesma NO DIO NOMBRES pero sí dijo que ella se negó a dejarse presionar.

En síntesis, cuando algún fallo de sus colegas no le gusta a la magistrada invierte la figura y acude al semanario Hildebrandt en sus trece para “denunciar” que la quieren presionar, sin lanzar nombre alguno y pasando por un trasunto de la beatita de Humay. Por otro lado, habría que investigar quién es esa “alta fuente del TC” que no para de “filtrar” el voto de Ledesma en cada caso emblemático, toda vez que esa acción constituye una grave infracción a las normas del Tribunal.

Conclusión: la credibilidad de la señora Ledesma es cero y su fustán más rojo que su colorete y su lápiz labial.

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