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Las islas de honestidad que necesitamos

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A lo largo de la historia ha habido intentos gloriosos pero lamentablemente fallidos por extirpar los genes de la corrupción de nuestro ADN nacional.



De la profunda depresión que le da a uno leer Historia De La Corrupción En El Perú de Alfonso Quiroz, uno sale a la vez reforzado al ver que no absolutamente todo está perdido. A lo largo de la historia ha habido intentos gloriosos pero lamentablemente fallidos por extirpar de nuestro ADN nacional esos genes de la corrupción.

Desde los albores de la república en 1822, el general José de la Mar —quien asumió como primer presidente constitucional de la nueva república del Perú y era un admirador del proceso e institucionalidad de los EEUU— fue uno de los pocos buenos y honestos oficiales de alto rango que intentó crear las bases de lo que parecía iba a ser un buen gobierno parlamentario representativo y de claro corte liberal. Lamentablemente, no tardó en atraer hacia sí la resistencia producto de las ambiciones de Gamarra, quien era parte de un corrupto grupo de militares que gozaba de los fondos públicos y andaba envalentonado con su exitoso debelamiento de la asonada en Bolivia. O quién sabe si también por la agresiva personalidad de La Mariscala, su famosa esposa, quien contribuyó a que finalmente sacaran y deportaran a La Mar sin que este pudiera avanzar en su noble propósito.

En 1872, don Manuel Pardo y Lavalle, primer presidente civil constitucional del Perú, fue otra estrella fugaz en el firmamento. Pardo abanderó un real intento por reformar las finanzas públicas quebradas a causa de la dilapidación de los ingresos del guano vía coimisiones en la época del contrato Dreyfus. También reformó la administración pública y las Fuerzas Armadas, en las que las redes de patronazgo y favores por dinero eran escandalosas. En publicaciones de la época se decía que su gestión era la transición de la pestilente corrupción a la notable pureza. La mafia —Piérola, Dreyfus, Meiggs incluidos— no tardó en contraatacar asesinando a Pardo y su reformista república práctica de un certero disparo al pulmón una tarde de 1878 cuando éste hacía su ingreso al Senado.

Un personaje de quien (casi) nadie puede dudar en cuanto a su integridad y moral fue Fernando Belaunde. Amigos y adversarios políticos concuerdan en que fue un hombre que pasó a la historia como honesto y respetuoso de las instituciones, no habiéndosele confrontado nunca con juicio alguno relacionado a corrupción. Es uno —sino el único—de los pocos presidentes que se retiraron después de su período presidencial (en el caso de Belaunde fueron dos) con los mismos ingresos y patrimonio con los que había ingresado. Violeta Correa, su esposa, dijo una vez de él que era demasiado honesto para el Perú. Quien sabe eso sea cierto pero lo concreto es que don Fernando dejó un legado que incluye —entre otros— La Pampilla, el aeropuerto Jorge Chávez, el Banco de la Nación, Mantaro y diversos conjuntos habitacionales que hablan de por sí de una la clara noción constructora en beneficio del país y no de sus bolsillos.

La corrupción es un problema psiquiátrico que según los especialistas puede ser tratado formando lo que ellos llaman “islas de honestidad”, agencias que dentro del mar de hediondez que nos circunda empiecen a sentar las bases del buen gobierno, sin corrupción. ¿Cuándo comenzamos?

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