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Opinión

La Tumba no es solo un cuento de terror

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Una mirada a la sórdida prisión del Servicio de Inteligencia venezolano.



La Tumba es el nombre de una película de terror y también el de una sórdida prisión ubicada cinco pisos bajo tierra en el local del Servicio de Inteligencia Bolivariano de Caracas. Ahí se encuentran siete celdas de 2×3 m2 y 1.80 m de altura cada una, con paredes blancas, piso negro y una rejilla de metal por donde pasan los alimentos.

Esos calabozos no cuentan con baño ni ventana, pero sí con cámaras de vigilancia y micrófonos ocultos. La ventilación es por ductos de aire acondicionado –con temperaturas de cinco grados–, que producen el único sonido que escuchan los aturdidos prisioneros. No hay iluminación natural, sino un siniestro foco de luz prendido día y noche para que los internos pierdan el sentido del tiempo. Además, la incomunicación es total y las víctimas solo pueden salir al patio una hora tres veces a la semana, sin tener contacto entre ellos.

Cuando el 24 de enero del 2015 los exmandatarios Sebastián Piñera (Chile), Andrés Pastrana (Colombia) y Vicente Calderón (México) intentaron visitar a Leopoldo López en el reclusorio militar de Ramo Verde, policías antimotines se instalaron dos kilómetros antes del cuartel y bloquearon el acceso. Los expresidentes tuvieron que retirarse y tampoco pudieron conocer La Tumba –como era su propósito–, al igual que ha sucedido con las comisiones de derechos humanos de la ONU y de la OEA.

Lo recordamos porque en ese ambiente degradado estuvo preso 779 días Lorent Saleh, joven presidente de la ONG “Operación Libertad” y firme opositor de Chávez y Maduro, quien en su momento se encadenó a la puerta del circuito judicial de Barinas y realizó un huelga de hambre en la sede de la OEA demandando la libertad de presos políticos y el cese de las torturas. De ambos lugares la policía bolivariana lo desalojó a golpes y con disparos de perdigones, y luego lo detuvo.

Al conseguir su liberación Saleh se trasladó a Colombia, pero un ingrato 4 de setiembre del 2014 el gobierno de Juan Manuel Santos –en repudiable decisión (algunos sostienen que capitularon ante la dictadura para no perder su apoyo en las negociaciones con las FARC)– entregó a Saleh a la policía chavista; en decir, a sus verdugos.
Por ello, ante una solicitud de le defensora de los derechos humanos Tamara Suju, la OEA dictó medidas cautelares de protección para Saleh.

Al día de hoy, serviles magistrados oficialistas le han postergado 46 veces las audiencias, maniobra que podríamos calificar como una tortura judicial. Sin embargo, en compensación moral el Parlamento Europeo otorgó a Saleh el Premio Sajarov, en reconocimiento a su lucha por la democracia y la libertad. También numerosas instituciones y personalidades –que incluyen al secretario general de la OEA– están postulando al activista al premio Jaime Brunet de la Universidad Pública de Navarra.

Ahora que seis naciones del hemisferio han tenido el coraje de solicitar a la Corte Penal Internacional que investigue a jefes políticos y militares del chavismo por crímenes de lesa humanidad (asesinatos, torturas y prisión de opositores), esperamos que fiscales de ese tribunal supranacional se trasladen a Venezuela para inspeccionar todos los penales donde se encuentran recluidos ( y muchos torturados) docenas de presos políticos.

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