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La tortura a un expresidente

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A propósito de la remembranza del presidente Kuczynski sobre la penosa muerte en prisión de don Augusto B. Leguía



El presidente Kuczynski recordó la penosa muerte en prisión de don Augusto B. Leguía, quien durante un año, cinco meses y seis días fue sometido a deplorables vejámenes y suplicios carcelarios por el gobierno del comandante Sánchez Cerro, que lo había derrocado en agosto de 1930. Triunfante la revolución, Leguía pretendió renunciar ante el Congreso. No lo pudo hacer porque a medianoche llegaron a Palacio un centenar de militares bravucones, algunos en estado de ebriedad, que lo insultaron e intentaron agredirlo.

Un testigo de los hechos, el coronel Ernesto Montagne, que después sería ministro de Relaciones Exteriores, recuerda que “de no ser por el general Sarmiento y los otros ministros, pudo pasarle al señor Leguía algo muy grave. Los insultos subían a punto, se multiplicaban y hubieran llegado a la vía de los hechos…”. Sin embargo, ese incidente fue el comienzo de un drama desgarrador.

Mientras las turbas saqueaban e incendiaban su casa, el exmandatario fue autorizado a embarcarse en el BAP Grau. A 25 millas de travesía, la nave tuvo que retornar al Callao ante las amenazas de Sánchez Cerro. Los marinos acompañaron al puerto al exjefe de Estado, enfermo y con grave dolencia prostática, advirtiendo a sus custodios que lo condujeran a un hospital. La respuesta fue trasladarlo primero a la Isla San Lorenzo y después a la Penitenciaría de Lima, donde lo mantuvieron en las condiciones más perversas que registra la historia contra un jefe de Estado.

Basadre relata que “la celda que ocupó, baja, húmeda, sucia, pestilente y cuya ventana había sido tapiada, no vino a ser sino una de las torturas que se acumularon para él, sin tener comunicación con el exterior, sin contar con servicios higiénicos. No podía conciliar el sueño por las noches por los gritos de los centinelas y, durante mucho tiempo, no recibió ninguna atención médica para los padecimientos que sufría”. El propio expresidente narró que los guardias entonaban “canciones descompuestas” o ensayaban “silbidos diabólicos” para impedir que duerma y uno de ellos, ante su desesperado reclamo de un vaso de agua para su hijo enfermo, lo “amenazó primero con un fusil y luego pretendió faltarme de obra”. Su médico, Pedro Villanueva Urquijo, refiere que dos oficiales llegaron a su celda para burlarse de él y “ultrajarlo de palabra en los términos más soeces”. Y, por su parte, el embajador Carlos Alzamora sostuvo que los carceleros se mofaban del anciano mandatario cuando miccionaba frente a la pared de la celda y con una lata en la mano, para luego recordar que “hombres de uniforme solían terminar sus parrandas visitando bebidos su celda y haciéndolo objeto de toda clase de insultos y vejámenes a través de las rejas”.

En su lúgubre mazmorra, el exmandatario se enteró de que la Municipalidad de Lima, en sesión del 16 de setiembre de 1930, cambió la denominación de Av. Leguía por Av. Arequipa “para perpetuar el nombre de la ciudad en que se iniciara el movimiento restaurador de las libertades públicas” y también conoció que la directiva del Club Nacional, cuyos miembros le había rendido honores y homenajes durante dos décadas, lo expulsaron de la institución y en su reemplazo hicieron socio al teniente coronel Luis. M Sánchez Cerro el 3 de octubre de 1930.

Sánchez Cerro, quien con el grado de mayor había participado en un intento golpista en 1922 y había sido perdonado por Leguía —el cual inexplicablemente lo destacó a Francia y Italia para después ascenderlo a comandante— agradeció esos privilegios constituyendo un ilegal Tribunal de Sanción, engendro inexistente en la Carta Fundamental. La tarea de ese Tribunal fue ejecutar la pantomima de un proceso judicial y acusar al expresidente, sin pruebas, de haberse enriquecido ilícitamente en el poder, al tiempo que la prensa al servicio del régimen lanzaba agravios contra él. Gravemente enfermo, y gracias a la generosa intervención de la Marina, Leguía fue trasladado al Hospital Naval de Bellavista el 16 de noviembre de 1931, local custodiado por el regimiento de Artillería de la costa. Para continuar martirizándolo, tres días después agentes del gobierno lanzaron un paquete de dinamita.

Finalmente, Augusto B. Leguía falleció dos meses después, pesando cuarenta kilos.

NOTA: Estos hechos son parte de la narración que hago en un libro sobre los sucesos históricos del 23 de mayo de 1923, que ya se encuentra en su edición final. En ese texto recuerdo que los tres personajes centrales de ese episodio—el presidente Leguía, monseñor Lissón (arzobispo de Lima) y el estudiante Haya de la Torre— fueron bárbaramente reprimidos por el régimen tiránico de Sánchez Cerro.

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