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La presidenta

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Ha quedado claro que tuvimos al presidente controlado por una dictadura doméstica.



La Gran Usurpación, el libro de Omar Chehade, se agota en la Feria del Libro y en las calles, pirateado como toda obra que se supone de éxito. Y su crédito no viene de los chismes que se supone pudiera contener sino porque coincide con un tiempo de balances que esta obra amplía y precisa. Porque complementa la percepción general de que el pretendido legado de Ollanta Humala es inexistente.

A las evaluaciones que se han venido haciendo se agrega este testimonio personal que, prologado con oportunidad y autoridad por el constitucionalista Enrique Bernales y por el periodista César Campos, gana en credibilidad.

Encontramos en sus páginas un desastre institucional y político que lesiona la democracia en todos sus extremos. Cuando nos creíamos curados de espantos ante poderes fácticos como el ejercido por Vladimiro Montesinos en el siglo pasado, vemos cómo se enseñoreó fácilmente el poder de Nadine Heredia, llamada la Jefa. Estamos avisados de la forma en que pueden reeditarse estos poderes a vista y paciencia de las más altas autoridades del país, las cuales en este caso aceptaron con temor reverencial el inmenso poder que exhibía ostensiblemente la presidenta en funciones. Fue por casi todos admitida esa incursión ilegítima e ilegal, no por un mes o dos, sino por un largo quinquenio que felizmente acaba y no con buen augurio para la llamada pareja presidencial que deberá enfrentarse a los tribunales ojalá con equidad y justicia.

Queda claro que en esa dupla tuvimos un presidente maniatado, conducido, controlado y gobernado por una dictadura doméstica que se proyectaba al escenario nacional —secuestrado sicológicamente, según el autor—. Nadine Heredia, con un ego desmesurado y ambiciones desatadas, quiso y pudo aprovecharse del poder recibido por su cónyuge para investirse como la gran personalidad omnímoda detrás del trono, El resultado es el atropello de las instituciones, la liquidación del gobierno de su marido y la desaparición política de su partido, así como las funestas consecuencias que el país deberá afrontar por este periodo que democrática y felizmente llega a su final.

Lo que revela Chehade es creíble porque complementa lo que los peruanos que seguimos la coyuntura pudimos ver, pero agrega a lo visible la dimensión secreta del abuso, la deslealtad y la ausencia de límites y escrúpulos por detrás del escenario. En todo caso, no hubiera podido ser el presidente la persona que pusiera esos límites. En las declaraciones de Nadine Heredia a la revista Cosas, ratificadas por los textos de Omar Chehade, encontramos a un personaje pusilánime, temeroso, incapaz de decidir y realizar los actos de gobierno que la ciudadanía le confió.

Lamentables e indignantes los relatos de este libro que deberíamos asumir con carácter preventivo.

Chehade nos trasmite un gran desastre político, institucional y constitucional. Y tiene las herramientas conceptuales y de formación para presentarlo y evaluarlo como lo hace: pasó de exitoso procurador anticorrupción a abogado personal de Ollanta Humala en juicios por el llamado Andahuaylazo y por Madre Mía bajo la jefatura militar del Capitán Carlos, personaje atribuido al presidente. Logró sentencias absolutorias para él y también para ella en procesos posteriores. Entró a la gran política de la mano del llamado nacionalismo y su paso por el Congreso aparece signado por la decepción, la persecución y el desgarro debido a traiciones y deslealtades frente a personas y principios.

Muchos critican que esta reveladora crónica haya venido tarde, a destiempo, cuando todo está consumado. Más vale tarde que nunca; especialmente porque ante el silencio de muchos no hay autoridad moral para reclamarle a Omar Chehade que debió publicarlo antes.

Hay que felicitarlo porque lo hace ahora con valentía y decisión, con contrición entendible, pero sobre todo con intención de advertencia, para que sepamos lo que es posible hacer cuando cunde la ambición y cuando el poder está cercano, accesible, y puede convertirse en desenfrenado como ha sido el caso.

Y para que podamos evitarlo en el futuro. Las lecciones están ahí para quien tenga ojos de ver, como decía mi padre. Tristeza.

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