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La prensa con mascarilla

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La diferencia con Estados Unidos es evidente: aunque allá también hay fanáticos y no periodistas, aquí cierta prensa vive de las migajas que le caen del Estado en publicidad estatal. En EE. UU., en cambio, cada medio baila con su pañuelo.



En Estados Unidos se presentó esta semana la fórmula demócrata Joe Biden-Kamara Harris. Como apreciación personal y paréntesis al objeto de este artículo, el tándem demócrata es un desastre que hará mucho más probable la victoria de Trump a tres meses de las elecciones de noviembre.

El octogenario Biden ha elegido a una mujer negra y joven de compañera de camino rumbo a la Casa Blanca convocando a las minorías afroamericanas y tratando de hacer pasar a Harris como una especie de Obama. Ni lo uno ni lo otro. Hillary Clinton no ganó la elección frente a Trump con todos los medios a su favor precisamente porque apostó todas sus balas a las minorías, siendo ella misma –como mujer– una minoría en un país reacio a elegir a una fémina como su líder máxima.

Harris no solo es mujer sino además negra, lo que complica aún más la situación electoral de los demócratas liderados por el viejo ‘Sleepy Joe’ (‘Joe, el soñoliento’) porque se convierte en minoría de minorías, además de ser antipática: todo lo contrario a Obama. Según los estrategas demócratas la lectura electoral está en las protestas contra el racismo contra la comunidad negra, pero Biden ha dejado de lado a los latinos, la primera minoría en Estados Unidos, a los que ha minimizado en su lanzamiento de la Convención demócrata sin darles casi cabida alguna.

El remate de los desatinos de Biden-Harris ha sido ponerse en malas migas con la prensa, lo que –siendo demócratas– es como atorarse con una gota de agua, pues tienen a todos los medios a su favor y en contra de Trump. ¿Qué sucedió? Que Joe y Kamala se han negado dos veces a responder a la prensa en vivo, suprimiendo las conferencias y provocando con ello, incluso en esa prensa parcializada y mentirosa, una reacción de protesta.

El corresponsal político de New York Times, Jonathan Martin, sostuvo que esta medida “no es una muestra de confianza para el segundo día de su lanzamiento”. “La seriedad del tema y los tiempos, por no hablar de la propia crítica de Biden al desprecio de Trump por una prensa libre, hace que la rendición de cuentas sea aún más esencial”, agregó. La reportera de CBS, Kathryn Watson, escribió en su cuenta de Twitter que tanto Biden y Harris no respondieron las preguntas en el día de su presentación “y hoy también se fueron sin contestar las interrogantes”. Jerry Dunleavy, quien trabajaba como reportero de Washington Examiner, manifestó que ambos “necesitan enfrentarse a preguntas difíciles de los medios”. Además, la conductora de CNN, Brianna Keilar, expresó que ellos siguen “presionando la campaña de Biden” y recalcó que “es necesario que haya más preguntas de periodistas”.

Como puede verse, por más desprestigiada y venida a menos que esté la prensa norteamericana copada por el progresismo caviar, todavía pesa la tradición de que los políticos deben responder a las preguntas de la prensa. Donald Trump lo hace todos los días en sus conferencias de la Casa Blanca y no le ha temblado la voz para conceder entrevistas a periodistas reconocidos por su severidad anti-Trump.

Aquí en el Perú, el Gobierno ha venido ejecutando durante más de cinco meses unas parodias de conferencias de prensa, sin la presencia de periodistas ni preguntas en vivo. Esta se sustituía con un dudoso “sorteo” en el que los periodistas “ganadores” podían enviar preguntas escritas una vez terminada la larga perorata del inquilino de Palacio. Sin embargo, la vergüenza mayor no está en esta falta de respeto de Vizcarra a la prensa –como Biden-Harris en EE. UU.– sino que, a diferencia de allá, ante ella acá ningún miembro de la prensa protestó con suficiente firmeza hasta el día de hoy. Existen varios voceros institucionales de la libertad de prensa en el Perú (Colegio de Periodistas del Perú, Asociación de Medios de Comunicación, IDL Reporteros, IPYS, Asociación de Corresponsales Extranjeros, etc.) pero, salvo el tibio reclamo a una réplica poco feliz del gobernante (“pregunten mañana”), no hubo un cuestionamiento severo sobre la farsa desplegada durante todo el estado de emergencia.

La realidad es que con su complaciente alineamiento, muchas veces reduciéndose a un simple eco del pronunciamiento oficialista, la mayoría de medios avaló la parodia de libertad de prensa de presidente de la República. Se volvieron (o, en algunos casos, continuaron siendo) sus cómplices.

La diferencia con Estados Unidos es evidente. Aunque allá hay fanáticos y no periodistas, aquí cierta prensa vive de las migajas en forma de publicidad estatal que le cae del Estado. En EE. UU., en cambio, cada medio baila con su pañuelo. Esa es la verdadera razón de tanta complacencia por parte de un sector de la prensa peruana, que nunca se atreverá a exigirle al presidente que deje de burlarse de la opinión pública y de ellos mismos.

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