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Opinión

La luz, la TV, el Internet y el agua

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El subdesarrollo debería avergonzarnos a todos.



Este último fin de semana fue por demás singular: me ocurrieron una serie de eventos fuera de mi control y alcance. El sábado amanecí sin TV  —en el aparato simplemente aparecía “No signal”—, así que llamé al número del operador de cable y me comunicaron con un call center en Colombia. Me atendieron de manera amabilísima (hasta parecía broma) y me informaron que ¡en 48 horas! solucionarían mi percance. Luego de 45 minutos ininterrumpidos de tuits, la empresa envió un “service” y me restituyeron el servicio. Mi drama había durado tres horas y media. 

Por la noche fui al cine y, por lo visto, mi mala suerte no cesaba. La gente comenzó a gritar por las líneas amarillas que aparecían en la imagen. Una nerviosa señorita pidió disculpas, devolvió el dinero a unas 30 personas y la función, aunque tarde, llegó a darse. De todas maneras, me divertí y hasta me hizo gracia el episodio. 

El domingo por la mañana, me desperté temprano e intenté ingresar al Twitter desde mi Ipad y no había wifi. ¡Mi karma otra vez! Fui hacia la computadora y no prendía… ¡porque no había luz! En la cocina, encontré un aviso de la empresa de energía que avisaba el corte de fluido eléctrico hasta las 5 de la tarde; en consecuencia, tampoco funcionaría la bomba de la cisterna del edificio. Ergo, ¡tampoco había agua! Para colmo, la noche anterior no había cargado el celular y la batería se había agotado: ¡estaba incomunicado! 

¿Conclusión? Mi vida era un campamento: sin luz ni agua, tampoco TV ni Internet, ni siquiera teléfono. Salí a buscar dónde desayunar y después de varios intentos, logré ubicar una cafetería con wifi (ahí también cargué mi celular). Así que mi almuerzo y lonche del domingo tuve que hacerlos en la calle. Regresé a mi departamento a las 6:30 de la tarde. Ya había luz. Mi vida regresó a la normalidad.

Cuando le conté mi odisea a una amiga abogada, ella, con esa parsimonia y puntualidad propia de su (de)formación profesional, me preguntó si acaso no recordaba cómo habíamos vivido en los ochenta.

Más bien pensé que ya habían pasado los noventa, los dos mil, que ya estábamos en la segunda década del siglo XXI y que MILLONES de peruanos como yo siguen sin tener luz ni agua, ni desagüe ni TV, ni Internet y mucho menos saben qué es wifi. Ojo: es cierto que en las zonas rurales altoandinas y en muchos lugares de la selva la cosa es dramática, pero acá en Lima también se sufre ese subdesarrollo que nos debería avergonzar a todos. Mientras tanto, nuestra clase política se pelea por estupideces y esos peruanos marginados se resienten, sufren hambre y mortandad. 

En mi siguiente envío, sugeriré una solución: ¡NACIONALIZAR EL AGUA!

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