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La izquierda busca destruir el país

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Hoy que los negocios grandes, medianos y pequeños quiebran por la gestión del comunista ministro de Salud, los empresarios patalean indefensos como si con mesas de diálogo a las que recién son llamados como haciéndoles un favor fueran a salvarse de la catástrofe. 



A estas alturas, luego de tres meses de cuarentena obligatoria (15 de marzo al 11 de junio), ya debe haber quedado claro para cualquiera con dos dedos de frente que la izquierda acantonada en el Ministerio de Salud –con la indolencia o complicidad del presidente– está llevando al país a la ruina económica y moral, sin haber solucionado un ápice el problema de la salud con una peste que avanza incontenible. El país se está yendo al abismo bajo el pretexto de combatir el COVID-19.

No es necesario aquí repetir las cifras de organismos extranjeros como el Banco Mundial o de diarios prestigiosos como The Guardian o de medios como la BBC de Londres, que hablan ya sea del descalabro económico de -12% de PBI, o del fracaso rotundo de la cuarentena que ha producido ese descalabro. Lo cierto es que esos son los hechos incontrastables: el país está arruinado.

Precisamente sobre los países en ruinas es que la izquierda blande la guadaña de la hoz y el martillo. La responsabilidad del descalabro no es, por supuesto, nunca de ellos como gestores. Villarán y Zamora son los ejemplos más claros de ello. Pero en el caso de este último, en su posición de ministro de Salud durante la pandemia más grave que la humanidad haya conocido en los últimos cien años, le ha dado el gusto y el espacio a sus compinches para pregonar sus consecuentes monsergas de la intervención del Estado en la Economía, de los bonos universales de asistencia, de la expropiación de clínicas privadas “mientras dure la emergencia sanitaria” (Alberto Adrianzén), la condecoración de médicos chinos y el pago de 2 mil dólares mensuales a la satrapía cubana por importar a cada médico-enfermero (y destinarlos a lugares del país donde la pandemia no hace estragos), mientras los galenos nacionales caen como moscas dejados a su suerte.

En síntesis, Zamora está dejando el terreno fértil para que el comunismo, esa mala hierba que solo asfixia naciones chupándoles toda su savia, prenda fácilmente en el Perú. Como siempre, además, el comunismo avanza sobre una montaña de cadáveres –esta vez víctimas del COVID-19– que es la número uno en el mundo por millón de habitantes.

El problema es que el Perú está culturalmente desarmado contra esta peste: y no me refiero al nuevo coronavirus, sino al comunismo. Durante años el Ministerio de Cultura, por ejemplo, ha patrocinado y financiado proyectos cuyo objetivo no era otro que glorificar personajes “alzados en armas” (El viaje de Javier Heraud o Hugo Blanco. Río Profundo) y hasta terroristas (La última tarde) con la complacencia estúpida de una élite académica capturada y de un periodismo ramplón. Una siniestra –nunca mejor puesta la palabra– narrativa ha lavado el cerebro durante años a millones de jóvenes que pasan por el Lugar de la Memoria, aguando los crímenes del terrorismo comunista de Sendero Luminoso y del MRTA en la sopa del “conflicto armado interno”.

Y a los empresarios, unos cojudos, mientras sus negocios florecían les importaba un pito que a sus propios hijos los descerebraran en las universidades de élite, todas capturadas por el neomarxismo cultural. Hoy que los negocios grandes, medianos y pequeños quiebran por la gestión del comunista ministro de Salud, los empresarios patalean indefensos como si con mesas de diálogo a las que recién son llamados como haciéndoles un favor fueran a salvarse de la catástrofe.

Urge una coalición política y cultural contra el comunismo y sus cómplices y tontos útiles. De eso dependerá impedir que a los médicos cubanos se sumen en el próximo gobierno los asesores militares de esa vil satrapía caribeña.

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