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Opinión

La fiesta de la corrupción

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La gente festeja por quienes caerán pero, en el fondo, está consciente de lo que eso significa para el Perú.



La gente está contenta, expectante, sonriente. La sensación de muchos es como la de una noche en la que habrá fuegos artificiales. Y esta vez todos quieren verlos. Se espera ese momento.

Se espera día a día, noche a noche, semana a semana, la lista de los involucrados por la corrupción de Odebrecht. Hay apuestas. Sí, apuestas: si fulano o mengano va o no va a la cárcel, si la hizo bien, si usó testaferros, si robó o no robó, etc.

Y todos los que se pasaron años hablando de los posibles robos, de las repartijas, de la corrupción, parecen ahora encontrar en la información que llega desde Brasil una dulce venganza. Para muchos es como un regalo: lo que anhelaron por años (no estaban equivocados en sus percepciones; era cierto, había robo).

Y por lo mismo hay disfrute. Disfrute a pesar de los riesgos que esto impacte en la economía. Disfrute porque sienten por fin se encarcelarán a los corruptos. Disfrute porque era obvio que los ladrones se escondían tras sus sonrisas. Disfrute y asombro.

Disfrute pero también incredulidad. Incredulidad de que se investigue a fondo, de que se llegue hasta el final, de que caigan los peces gordos. Incredulidad de que no se mate gente para silenciarla, de que no se utilice el derecho procesal para blindar a los culpables, de que el Poder Judicial no sea comprado (o de que no se venda solo).

Detuvieron a un exfuncionario y todos dicen lo mismo: no es un pez gordo. Todos empujan hacia eso, hacia los peces gordos. Y las redes comparten información; la globalización ayuda en esto.

No falta quien comenta que ya llega la lista de los periodistas. La de los expresidentes. La de los asesores de campaña pagados desde fuera. Etcétera. Parece una fiesta informativa, la fiesta de la reivindicación.  

Pero todo esto es en realidad parte de uno de los peores capítulos de la historia de la gobernabilidad peruana, de un país que llega al Bicentenario corrompido, maltratado. Y por lo mismo, la gente festeja. Sin embargo, se trata de un festejo en el que hay dolor (tristeza por la realidad imperante), de una fiesta que en realidad no es una fiesta pero que cierra un ciclo de impotencia, de aprovechamiento, de sarcasmo, de rabia, de vergüenza, de indignación.

Los que roban pueden darse el lujo incluso de no trabajar; se sienten muchas veces por encima de los demás por su dinero robado, por sus carros productos del robo, por sus casas robadas, sus licores del robo, sus viajes con plata robada, su arrogancia. Los que no roban trabajan todos los días, son más vulnerables (también más fuertes); tal vez hasta estén unidos por “el baile de los que sobran”.

La fiesta de la corrupción con Odebrecht llega a su fin. Lo que no sabemos es si con esto se abre o se cierra el telón. Ya veremos.

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