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La economía expuesta al clima político

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Debemos recordar el fracaso de recetas que auspiciaron rol empresarial del Estado, la estatización de la economía, las décadas perdidas por la hiperinflación y baja productividad.



Como cualquier actividad profesional, la política apunta a satisfacer las necesidades de potenciales consumidores. Son ellos quienes deciden qué tipo de profesional quieren contratar, de acuerdo con el costo y a la calidad referida de sus servicios. Una vez que lo identifican, renuevan su confianza si creen que se está haciendo un verdadero esfuerzo por atender sus problemas.

En ese sentido, los ministros y alcaldes que inauguran su cargo impulsando campañas para tratar de solucionar un malestar en la población aciertan notoriamente, pues logran conectar con la simpatía ciudadana y con la cobertura de los medios, siempre necesitados de contenidos noticiosos. El reto mayor es para los parlamentarios, quienes carecen de atribuciones ejecutivas y deben promover iniciativas legislativas cuya comprensión popular requiere de mayor difusión y de capacidad de comunicación. No les resulta imposible, pero sí les es más difícil conectar con los ciudadanos; por eso es normal que las asambleas políticas de las modernas democracias tengan menor apoyo en las encuestas.

El mayor problema aparece cuando los Parlamentos pierden legitimidad, porque disminuye su capacidad de ejercer control y fiscalización política sobre los gobierno y aumenta la influencia de estos sobre sus procesos de decisión hasta casi concentrar el poder en el núcleo gobernante, dejando desprotegidas a las instituciones intermedias y, en especial, al ciudadano común.

Como las empresas, gremios, universidades y partidos políticos son los principales grupos intermedios en el Perú, su exposición directa ante el poder del Ejecutivo termina siendo dañina, pues son presa fácil de iluminadas iniciativas inspiradas en perspectivas ideológicas autoritarias; en especial, cuando no existe una clara visión de preservar el modelo económico que ha posibilitado un crecimiento significativo durante dos décadas. En estas se redujeron la pobreza extrema y la mortalidad infantil; y se construyeron bases sólidas para garantizar al emprendedor, cualquiera sea su tamaño y actividad, una razonable autonomía y libertad.

Nuestra sociedad debe recordar el fracaso de las recetas que auspiciaron el rol empresarial del Estado; la estatización de la economía por el impulso del keynesianismo de Cepal; las décadas perdidas por culpa de la hiperinflación y la baja productividad. Pero para mantenerse alejada de esos viejos demonios, necesita que se restablezca el equilibrio político entre los órganos constitucionales: debe ponerse fin a la confrontación innecesaria para abrir una nueva etapa de buena política –sustentada en un liderazgo efectivo–, que logre reformas consensuadas, que destrabe proyectos con inteligencia, y que haga creíble la promesa de un futuro mejor.

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