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La decadencia del llamado cuarto poder

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Hoy los tres poderes constitucionales del país están muy desgastados y han perdido toda credibilidad. Y el cuarto poder que les hace eco (en sintonía con intereses particulares) es un reflejo de este lamentable declive.



El rótulo de “cuarto poder” para denominar a la prensa es de antigua data. Surgió durante el siglo XVIII, en la época de la Revolución Francesa, cuando el escritor y político británico Edmund Burke señaló la galería donde estaba instalada la prensa durante una reunión de la Cámara de los Comunes y dijo: “Ahí está el cuarto poder, y verán que sus miembros serán más importantes que ustedes y se unirán a la cruzada por las libertades”. Definitivamente eran otras épocas y no se trataba del Perú.

Hoy los tres poderes constitucionales del país están muy desgastados y han perdido toda credibilidad. El “cuarto poder” que les hace eco –en sintonía con intereses particulares– es un reflejo de este lamentable declive.

Los diarios se han vuelto alarmistas y exagerados, desesperados por la inevitable caída de la circulación. Hace tiempo que saben que se tienen que reinventar, pero han optado por el camino equivocado. Sacan titulares y portadas cada vez más escandalosas, o información malintencionada y a la medida (como aquella relativa al costo de los automóviles de los candidatos a la Alcaldía de Lima).

Tienen que ser creativos o copiar experiencias exitosas: ¡la muerte del papel es un fenómeno mundial!

Los medios son los grandes responsables de la terrible división del país. Y, desafortunadamente, esta no consiste en el bando de los honestos contra el de los corruptos –como propone el embajador Wagner en una reciente entrevista– sino de un insano enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Congreso que literalmente nos ha fracturado. La mayoría de medios se ha vuelto defensora a ultranza del Gobierno, para recibir favores políticos o monetarios (alberga la esperanza de que se declare la inconstitucionalidad de la Ley que prohíbe la publicidad estatal) o para estar alineada con el dogmático pensamiento de los millennials, a quienes –por razones que ni ellos mismos saben explicar– les repele el fujimorismo.

Los medios están encantados con las crisis políticas. Les permite exagerar, promover intrigas, condenar sin pruebas (aduciendo que la ética profesional les exime de revelar sus fuentes) lavándose las manos en cada oportunidad. Forzados, podrán publicar una carta aclaratoria pero el daño ya está hecho. Este cuarto poder se ha apropiado de la verdad simplemente porque saben que tienen la capacidad de manipular opinión. Somos una sociedad poco culta, adolecemos de silencio corderil y siempre hemos sido bastante conformistas y nos hemos creído nuestro estado de autocomplacencia: un campo fértil para sembrar infundios y temor.

Los medios olvidan que tienen la obligación de ser los custodios de las promesas del Gobierno, la memoria de una nación ilusionada. No deben cambiar de rol.  Les corresponde promover una opinión consciente e informada, que se constituya en el motor de los cambios que el país necesita, porque son la mejor herramienta para controlar los excesos del poder.

Desafortunadamente parecen haber perdido el rumbo, con el agravante de que no tienen la humildad de reconocerlo. Al contrario, son los protagonistas de esta debacle. Además, salvo honrosas excepciones, se han vuelto muy aburridos, chismosos y monotemáticos.

Leer un diario en España es un placer: te puede tomar más de una hora. En el Perú, apenas diez minutos. Es tiempo de reflexión y cambio, en todo sentido.

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