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Opinión

La conflictividad social

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PPK debe entender que el Perú no es una empresa; hay que hacer política en vez de insistir en el juego de las sillas.



Comienza el segundo año de gobierno de Pedro Pablo Kuczynski y el optimismo por la revolución social que prometió ha amainado hasta casi desaparecer. Es cierto que nos han atacado las siete plagas, desde el Niño Costero hasta el inenarrable Lava Jato que dolorosamente ha cobrado víctimas presidenciales. Hay retroceso evidente y el escenario sigue siendo adverso y complejo para el régimen.

Para enfrentarlo requiere gente con dedos de organista, de políticos que además de tocar la flauta sepan escuchar, dialogar y decidir sin retrocesos. Si PPK hace oídos sordos a este reclamo —que le llega de todos los sectores lúcidos— y prefiere regocijarse con tecnócratas aplicados al juego de las sillas en un recinto estrecho, intercambiando a la misma gente que no ha mostrado habilidades políticas, entonces que no se asombre si las cosas van mal.

Tampoco han mostrado capacidad para atender el disenso y la conflictividad, que es la otra cara de la política y que hoy amenaza con desestabilizar al país. Las protestas están en las calles motivadas por inquietudes populares a las que alguien debería responder y no ignorar y menos reprimir. PPK solo escucha a los tremendistas que le hablan de disolver el Congreso de la República en respuesta a la voluntad de censurar y derribar ministros. O lo atemorizan con la vacancia presidencial.

No estamos en eso. El escenario más difícil no es el formal; es el popular. PPK debe escuchar a la gente. Más allá de los conflictos de intereses que acentúan la percepción de presidir un gobierno lobbista debe aceptar que hay una conflictividad desatada en las huelgas de maestros y médicos ahora y en la de los sindicatos mineros que se anuncian en todos los tonos.

Las dos primeras exigen manejo político inmediato y voluntad de equidad. Los reclamos no son banales: se repiten desde hace varios gobiernos y es una realidad que los sueldos de médicos y maestros son mínimos. Médicos que estudian quince años para ganar en los hospitales del MINSA como máximo cuatro mil soles. Docentes, que deben trabajar en dos o tres lugares para reunir lo necesario para atender sus hogares, tienen como tope dos mil soles. Estas son realidades concretas. Y si hay dinero por qué no atender estos reclamos justos. Las ministras de Salud y de Educación están siendo desafiadas en sus habilidades políticas y les toca demostrar que las tienen aunque todo el país lo dude.

Felizmente la huelga de maestros parece llegar a su fin. Y en buena hora porque en sectores movidos y rebeldes puede sentar raíces los extremismos como ha sucedido con el Comité Nacional de Lucha y Reorganización y Reorientación, CONARE- Sutep, visto como fachada del MOVADEF.

Solo haciendo política se puede neutralizar la estrategia de radicalizar las demandas y reivindicaciones sociales. Si se quiere evitar la colisión con el gobierno hay que escuchar y ver cómo claramente crece en las calles una estrategia cuestionadora del poder que no le hace ascos a la inestabilidad.

Por eso los inversionistas nacionales —y lo ha dicho bien el presidente de CONFIEP, Roque Benavides— no están satisfechos ni confiados. Tampoco lo están los inversionistas extranjeros. Los tiempos económicos y políticos se anuncian difíciles.

Pero el Perú no es una empresa. Hay que hacer política. Y si no hay revolución social por lo menos que haya oídos para escuchar.

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