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La angustia de ser un inmigrante

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En vez de perseguir a los extranjeros honestos, Migraciones debería ayudarlos a regularizar su situación.



Viví once años en México. Llegué ahí, literalmente, por amor. La chica con la que entonces estaba estudiaba allá, y luego de dos años de vínculo a obligada distancia decidimos volver a reunirnos en ese país.

Llegué como turista. Y ambos, ella (con visa de estudios) y yo (con visa de turista) decidimos establecernos en el Distrito Federal. Casi inmediatamente nos pusimos a buscar trabajo y no era fácil encontrarlo. Vivimos un tiempo de la venta de chompas de alpaca. Nuestras madres nos las enviaban desde Lima. ¿Trabajábamos ilegalmente? Yo creo que la respuesta es que sí. Pero, ¿nuestra conducta era ilegítima? Considero que no.

Ni modo que no trabajáramos. Porque trabajar es una acción ética: ética con la vida, con la subsistencia, las responsabilidades. De algo teníamos que vivir.

En aquellos años íbamos bastante seguido a lugares donde aparecían de la nada teléfonos públicos malogrados y desde dónde se podía hablar gratuitamente al extranjero. Éramos muchos los que lo hacíamos y eran lugares de encuentro y de diálogo con nuestros familiares y países de origen. No slo lo hacíamos los peruanos sino los latinoamericanos en general: particularmente argentinos, chilenos, centroamericanos.

Felizmente un tiempo después de haber llegado a México Naciones Unidas abrió un puesto al que yo postulé por concurso internacional. Y fue así que me convertí en funcionario internacional, en el especialista de cultura de la UNESCO. Y así, casi de golpe, respiramos desde la otra orilla migratoria, desde el status diplomático propio de las agencias internacionales.

Durante esa época solíamos juntarnos los peruanos para jugar pelota todos los sábados. Y era frecuente que acudieran compatriotas que luchaban casi desesperadamente por quedarse en México y por no regresar al Perú. No había trabajo en el Perú; habían huido del terrorismo, del autoritarismo, del desempleo, de la falta de oportunidades. Buscaban mejorar su calidad de vida en el extranjero.

México siempre fue un país generoso con nosotros. Y siento que tengo incorporada esa generosidad aprendida de ellos. Nos cobijaron, nos toleraron, nos extendieron la mano, al punto que muchos peruanos obtuvieron luego la nacionalidad mexicana. Y hubo también un grupo de peruanos que desde México partió a Venezuela, porque ese país también nos cobijaba.

Por eso me llama la atención la historia de la venezolana Korina Rivadeneira, la forma como es tratada, el egoísmo migratorio al que la exponen, las acusaciones públicas que recibe, la manera en que tratan de utilizarla ante los medios de comunicación.

Se dice que habría trabajado de manera ilegal en el Perú. Y es muy probable que sea así, al igual que cientos de miles de peruanos que han trabajado en idénticas condiciones cuando emigraron al extranjero. Ni modo que viva cuatro años sin trabajar. Se dice también que no habría pagado impuestos. ¿Cómo los va a pagar si con visa de turista no se puede obtener un RUC?

Se dice también que habría fraguado su matrimonio. ¿Qué hace el Ministerio del Interior metiéndose en eso? ¿No sabe el ministro que hay miles de miles de personas que se casan no solo por amor sino también por el pasaporte, por la nacionalidad, por el apellido, por la visa, para heredar la pensión de jubilación, etc.? ¿Por qué molestan a esta chica con este tema y de una manera tan mediática? ¿Es acaso una delincuente, una prostituta infectada que trabaja en la ilegalidad, un ladrona, un peligro sociológico y político para el país y para el gobierno?

En el caso de esta chica venezolana, se trata de una persona que quiere decididamente vivir en el Perú. La ley tiene que ser igual para todos. Pero la Oficina de Migraciones, en vez de perseguir a los extranjeros indocumentados que no vienen a delinquir, debería ayudarlos a regularizar sus papeles (otro tema son los delincuentes extranjeros).

En el caso mío (cuando vivía en México) y los de cientos de peruanos, ¿sabía el gobierno mexicano que trabajábamos? Por supuesto que sí. ¿Escuchaban nuestras conversaciones en las casetas telefónicas que ellos mismos abrían para que llamáramos a nuestros familiares y de paso saber en qué estábamos? Seguramente sí. Pero lejos de expulsarnos o de hacernos daño, ayudaron a todos y cada uno de los peruanos a regularizar sus papeles con tolerancia, paciencia, protección y una amistad extendida.

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