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Kenji: ¿la misión del samurai?

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Rescatar a la lideresa de un entorno muy cercano y poco positivo que mueve a los congresistas como soldaditos de plomo: a ellos también hay que liberarlos.



Los aniversarios se prestan a interpretaciones y reinterpretaciones. En el caso del 5 de abril de 1992 he oído o leído a todos los sabios condenar en tono encendido y en todos sus alcances semejante autogolpe. No soy quién para discutir con ellos. Sí me asiste el derecho a preguntar algo, a levantar la reflexión de cualquier ciudadano de a pie.

Si lo que los sabios dicen es cierto, cómo explicar que 25 años después los directos herederos históricos de aquel autogolpe representen la primera mayoría nacional. Y con largueza. “No sé, no alcanzo a comprender” dice un añejo vals en su gran sabiduría.

Y en este presente, en este cuarto de siglo después del 5 de abril de 1992, la presencia del fujimorismo en el espectro político es tan grande que viene ocurriendo algo ciertamente singular. A lo mejor fugaz o circunstancial, a lo mejor no.

Con los ministros metidos hasta las botas afrontando la emergencia y con la necesidad de rehabilitar las servicios, con Nieto pulseándolos a Thorne y Zavala todo parece calma chicha. ¿Se han dado cuenta de que apenas se cayó la interpelación Vizcarra salió de cámaras? Ahora parecen entretenerse con estimados sobre el costo de la reconstrucción. Vaya si difieren: tienen para rato.

En ese contexto, lo singular es que el tradicional pulseo entre el oficialismo y la oposición (puesto en tregua por los desastres) ha cedido su lugar a un contrapunto semejante que ha ganado el centro del escenario. El oficialismo fujimorista encarnado en la bancada y sus posiciones, enfrentado a la oposición fujimorista visibilizada por Kenji y sus planteamientos alternos.

Y de por medio hay 72 votos en el Congreso. El tema no es si permanecen con Keiko o si se abren con Kenji. Dentro del fujimorismo, esto último representa un escenario que no veo posible. El verdadero tema, veinticinco años después, es que son 72 votos fujimoristas. Y es natural que algunos sabios pretendan disolver esa presencia con infamados adjetivos.

Con el propio Kenji autoexcluido de las elecciones de 2021 es lícito preguntarse de qué va la cosa. Esta claro que no tengo idea cierta, pero si se trata de continuar con la savia que ha nutrido la saga fujimorista en este cuarto de siglo, en la visión de Kenji se trata, una vez más, de rescatar al líder, perdón a la lideresa, de un entorno muy cercano y poco positivo que mueve a los congresistas como soldaditos de plomo. A ellos también hay que liberarlos.

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