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Jugando con fuego

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Chinchero y el contralor son el capítulo de turno de la telenovela nacional, pero en simultáneo las carencias y violencia de nuestra sociedad parecen haber pasado a un segundo plano.



Aunque me sigan tildando de “fujimorista” (como si fuera el peor insulto imaginable), seguiré insistiendo que si hubiera ganado Fuerza Popular tendríamos objetivos más claros como país y se sentiría mayor liderazgo y luz al final del túnel. La forma en que el Gobierno está manejando el tema de Chinchero y del contralor que se aferra al cargo con todo tipo de justificaciones— es el capítulo de turno de la telenovela nacional pero, ojo, en simultáneo las carencias, podredumbre y violencia de nuestra sociedad parecen haber pasado a segundo plano.

En unos días se realizará la interpelación de Basombrío por la participación del Movadef en la marcha por el Día del Trabajo; sin embargo, tan grave como ello son los temas de seguridad ciudadana del día a día. No debemos dejarnos engañar por las “percepciones”.

Ejemplo: según una encuesta publicada en abril pasado la “percepción” de inseguridad se ha reducido de 75% a 68%, empero, ¡hechos aislados impactan temporalmente estas mediciones públicas mientras las dificultades siguen tan vigentes como siempre!

Según investigaciones del Instituto Igarapé (Brasil), en el año 2016 43 de las cincuenta ciudades y 8 de los 10 primeros países más peligrosos del mundo se encuentran en Latinoamérica y el Caribe, destacando que esta parte del planeta concentra solo el 8% de la población, pero el 33% de los homicidios. Como a nadie sorprende, Caracas encabeza la lista con 130 homicidios por cada 100,000 habitantes, estadísticas que aunque recientes no incluyen a las víctimas de los disturbios y manifestaciones contra su gobierno de los últimos dos meses.

Lima tiene una tasa de 7.2  por cada 100 mil, lo cual comparativamente es muy inferior pero no significa que hayamos mejorado. El homicidio es quizás el hecho más violento,  que contra las mujeres y niños se manifiesta con desgarradora crudeza. No tenemos que ir muy atrás; esta semana el país ha estado plagado de femenicidios escalofriantes, cubiertos con relativa timidez por los medios si consideramos la magnitud de un problema que no somos capaces de enfrentar. ¡El vocabulario queda chico para describir el horror de los hechos!

En el Perú, el 27% de la población ha sufrido un hecho delictivo, sin embargo, solo el 14% lo ha denunciado, básicamente porque piensan que es una pérdida de tiempo. En la negada hipótesis de que se hagan investigaciones y se atrapen a los culpables, generalmente son puestos rápidamente en libertad. Hay una total falta de confianza en nuestro sistema de administración de justicia. Si apenas pueden con los peces gordos de la corrupción y se deshacen en excusas para justificar la demora del proceso de extradición de Alejandro Toledo, el robo de un celular o el asalto a una vivienda está en el mínimo de sus prioridades.

El Ministerio del Interior ha implementado diversas medidas para combatir la inseguridad: recompensas por captura de criminales, operativos contra mafias organizadas, mayor numero efectivos policiales pero, ¿estamos midiendo los resultados? ¿De qué sirven acciones que no se monitorean con indicadores de eficacia? ¿O eran solo para la foto de los primeros cien días?

Según información del Observatorio Ciudadano “Lima, cómo vamos” publicada a fines de diciembre de 2016, en la capital hay 1 policía por cada 1200 personas. El último censo de INEI determinó 1 por cada 856 habitantes a nivel nacional mientras que el informe de Mininter, publicado en el 2017,  nos informa que hay 1 policía por cada 240 habitantes o 124 mil para todo el Perú. Absoluta incoherencia en las estadísticas pero, en todo caso, lo recomendado por la Oficina de Drogas y Delito de la ONU es un mínimo de 300 policías por cada cien mil habitantes, cifra que lamentablemente no alcanzamos ni por asomo.

Sugiero leer un artículo publicado por The Economist en su edición de mediados de mayo último: “As crime dries up, Japan’s police hunts for things to do”. Informa como la tasa de criminalidad en Japón es casi inexistente (el nivel de homicidios es de 0.3 por cada 100,000 habitantes y solo hubo un tiroteo en el 2015). También podríamos preguntarnos por qué hay escasez de delincuentes en Holanda, lo que ha determinado que cierren 19 instituciones carcelarias durante el año 2016 y algunas otras las alquilen a países vecinos.

¿Por qué nuestra situación de país subdesarrollado nos pone trabas mentales (al margen de las económicas) y no somos capaces de mirar mejores prácticas? Algún aprendizaje podríamos lograr, algunas veces es sólo falta de ganas.

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