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Informalidad y depravación

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¿Cómo es que en este país hemos llegado a tener entre veinte y setenta denuncias por violación sexual al día?



Cuando años atrás hacía trabajo de apoyo social en Pamplona Alta, zona de la chanchería (la más alta y pobre dentro de los pobres), tuvimos que hacer un triste y lamentable descubrimiento: los alumnos que recibíamos en una escuela construida y financiada con donaciones alemanas eran en su gran mayoría fruto de la violencia sexual. Los había de todo tipo; entre parejas, de padre a hija, de padre a nieta, de pariente a bebe, niña o joven.

El caso más emblemático fue el de una niña a la que llamaré Claudia. El mismo día en que la recibimos casi la perdimos porque quiso suicidarse. Las condiciones infrahumanas en las que había crecido viendo quién sabe cuántas violaciones a su madre o hermanas la habían transformado y sumido en la más terrible depresión y convertido en un animalito salvaje y aterrorizado. Si no hubiera sido por Xandra, también nacida en Pamplona y ultra eficiente administradora de la escuela (con una maestría y educación universitaria también financiada por los alemanes), Claudia hubiera sido una víctima mortal más de la violencia sexual en el Perú.

Entre veinte y setenta denuncias por violencia sexual al día son las que se registran en el país, con tendencia creciente durante los últimos años. El Perú tiene el tristemente célebre récord de liderar el ranking mundial ganándole a ciudades como Cairo, Congo, Karachi y Delhi. ¿Cómo es que hemos llegado ahí? Una parte del problema lo explica nuestra terriblemente laxa y pusilánime política de cerrar los ojos a las invasiones y a la informal ocupación de terrenos.

Todo comenzó un 24 de setiembre de 1946, día de la Virgen de las Mercedes, cuando trabajadores de La Parada que querían vivir cerca de su centro de labores le pidieron a la familia Cánepa, dueños de la hacienda El Pino, que los dejen establecerse ahí. Querían alquilar o comprar el terreno. Ante el rechazo de los Cánepa, los pobladores decidieron tomar la ley por sus manos e invadieron el cerro San Cosme, cercano a la Parada.

Se sucedieron varios enfrentamientos entre la policía y los invasores. Más adelante el Poder Judicial le da la razón a los Cánepa pero sucedió lo que sería un patrón de comportamiento hasta las invasiones de hoy. Durante los enfrentamientos murió una señora embarazada de manera tal que el incidente se volvió político y el ministro del Interior y aspirante a presidente, don Manuel Odría, interviene dando la orden de detener el desalojo; y así hasta hoy.

De ahí en adelante vinieron las invasiones de El Agustino, San Martín de Porres, Ciudad de Dios, Comas y las megabarriadas de Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, Huaycán etc., en un patrón de “urbanización” de Limaque definiría no solo el caótico crecimiento de la ciudad sino también las inhumanas condiciones de vida de la mayoría de sus 10 millones de habitantes. No nos debe sorprender que casi seis décadas de limeño rechazo y desprecio al inmigrante serrano, falta de agua, luz y servicios básicos y hacinamiento en covachas de esteras colocadas en los arenales hayan procreado generaciones de depravados sexuales. Un Estado incapaz que no ha tenido la debida visión ni autoridad ni cojones de plantársele a las mafias de la informalidad de los terrenos que explota inhumanamente a los inmigrantes es el principal responsable de todo.

Ante los hechos consumados y sesenta años más tarde, toca ahora parar esa sangría social y atacar una de las raíces del problema comenzando por la implementación de un plan de mejoras para todo el cinturón de pobreza de Lima. Este debe incluir la optimización de infraestructura básica y educación, para que en adelante no tener más Claudias recuperadas de la perdición y evitar que las futuras generaciones caigan en lo mismo.

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