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Indígenas empoderados

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Son diversos los momentos virreinales en los que la población indígena gozó de ventajas, capacidad de gestión o derechos conculcados luego por la república.



Ocurrió un par de días atrás, durante la presentación de un libro mío sobre Nicolás de Ribera, publicado por la Municipalidad de Lima. Rafael Varón y Enrique Robles tuvieron conceptos elogiosos que agradecí. Pero luego pasé a desflemarme. Cada vez quedamos menos quinientistas. Peor, menos historiadores colonialistas o de los tiempos virreinales.

¿Qué le podría decir hoy un historiador colonialista al país en las puertas del Bicentenario? Pienso que podría proveernos de suficientes imágenes de empoderamiento indígena, a lo largo de los siglos, como para entender que el ideal republicano se fundó en la exclusión del indígena, fenómeno que poco tiene de herencia colonial y también va a cumplir doscientos años.

Ojo, la colonia duró tres siglos; mejor ser específicos. Y lo intentaré. Si hoy fuera un muchachito quinientista me enfocaría en Potosí y su crecimiento como ejemplo de gestión rural y urbana. Potosí a fines de siglo XVI bordeaba los cien mil habitantes y compartía el podio con Londres y Tokio. Solo que Potosí no tenía siglos si no cuatro décadas y hasta hoy tiras una papa ahí y no brota. Todo había que llevarlo. Para empezar, el mercurio desde Huancavelica, embarcándolo por Arica. Cantidades inmensas de ropa de los obrajes de Ayacucho, bastimentos del Cusco, botijas de vino de Arequipa, todo. Ese país que sacó adelante la producción de Potosí, que cambió la economía mundial, le gana con largueza a ese otro Perú que no pudo con Conga, no pudo con Tía María.

Si estuviera en el siglo XVII continuaría las pinceladas del maestro Franklin Pease mostrando curacas empoderados, propietarios de casas y tierra, ganado viñedos y, en algún caso, un barco para ir surcado el litoral. Y si mi campo estuviera en los últimos años de la colonia, me enfocaría en la Constitución de 1812 que le dio a un indígena cusqueño o puneño, propietario y puntual contribuyente, el mismo derecho ciudadano que a los naturales de Madrid. Y ese voto ciudadano, con participación indígena, se ejercitó en febrero de 1813 doce años antes de Bolívar. Y recién luego de tres o cuatro décadas de república se generalizó la imagen del indígena siervo y sin horizonte.

La república como la hemos conocido, hoy tiznada de corrupción y descrédito, nos hizo creer que la postergación del indígena era ante todo una herencia colonial. Hoy sabemos que un camino pleno de derechos ciudadanos le fue arrebatado a la población indígena en nombre de la liberación del Perú republicano.

El historiador no juzga. El historiador comprende. Aunque no siempre. No comprendo cómo soñamos con celebrar un bicentenario sin reparar la exclusión.

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