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Huánuco, 1812: sangriento desenlace

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Mil quinientos hombres armados con palos y rodeados por ancianos, mujeres y niños fueron enviados al matadero.



De todos los movimientos populares que desafiaron el orden colonial, el levantamiento de Huánuco en 1812 es con largueza el menos comprendido. Se inició como un levantamiento conjunto de indios chupaychu y panataguas. Indios de la sierra unidos con los de la frontera amazónica. Eso ya resulta sorprendente y permite sopesar la reacción ante la poco atendida amenaza de declarar ilegal el cultivo del tabaco.

Pero había más. La rebelión la iniciaron los indígenas que no supieron qué rumbo tomar una vez consumado el saqueo de la ciudad. Los chapetones habían huido y ante el vacío de poder el liderazgo criollo, encarnado en Domingo Berrospi, tomó las riendas y conformó una Junta de gobierno. El líder chupaychu fue asesinado por el criollo Berrospi simulando un juicio y la conducción de la Junta recayó en el anciano Crespo y Castillo. O sea, liderazgo no había.

Reinaba la euforia tras haber doblegado los rebeldes a setenta chapetones en Ambo. Se libaba y bailaba en desbocado festejo mientras la rebelión se expandía. Pero a su amparo se desataron odios ancestrales. La violencia redentora se expandió mientras en Cerro de Pasco el intendente Gonzales Prada preparaba la gran ofensiva.

Días de terror. La sangre seguía derramándose; las haciendas e ingenios ardían mientras las autoridades hechizas hacían un llamamiento general para defender de los chapetones la ciudad. La leva era general. Se conserva el testimonio de madres horrorizadas porque los milicianos se llevaban a los niños de doce años para arriba.  Si la rebelión empezó como tragedia, terminaría como sangrienta farsa.

El calendario marcaba el 16 de marzo de 1812 cuando las fuerzas del intendente Gonzales Prada asomaron en Ambo, cerca de la ciudadContaban con quinientos soldados con fusiles, pistolas, espadas y cuatro cañones que a su paso fueron sometiendo pueblos aledaños.

Como en otras ocasiones, el clero jugo un rol ambiguo. Alguno curas, el conocido Martell entre ellos, fueron luego procesados por haber instigado a la rebelión. En simple, enjuiciados por haber querido ventilar sus problemas con el poder local usando a los indios como carnada. Penoso. Incluso cuando las fuerzas de Gonzales Prada estaban apunto de iniciar la marcha final, algunos curas impedían la huida haciendo correr el rumor de que en cualquier momento llegarían quinientos refuerzos desde Huamalíes.

Las estimaciones modestas calculan en mil quinientos el número de rebeldesarmados con palos y lanzas y acompañados por ancianos, mujeres y niños. Todos ellos fueron enviados al matadero y es como si no nos hubiéramos enterado. Es difícil quererte, Perú.

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