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Opinión

Huánuco 1812: crisis de liderazgo y violencia

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Criollos intentaron monitorear el estallido indígena pero la violencia redentora se instaló con fiereza.



El  22 de febrero de 1812 un nutrido contingente de los chupaychu y los panatahuas hizo huir a las fuerzas virreinales y se produjo el saqueo de Huánuco. Era la primera ocasión en que serranos y selváticos compartían una causa. Doscientos años después hay un aspecto a considerar. Esas poblaciones estaban sometidas a dureza, como lo demuestran estallidos de violencia previos, pero en ese momento la amenaza virreinal de declarar ilegales los cultivos de tabaco activó a panatahuas y chupaychu de una manera que quizás podamos entender mejor en estos tiempos de cultivos ilegales y violencia.

Los chapetones habían huido y en Huánuco se consagraba un gran vacío de poder que los alzados no eran capaces de absolver. Empezó entonces la hora de los criollos. Sin que el factor indígena desapareciera del horizonte, la rebelión se urbanizó y recorrió el cauce de la práctica política más moderna por entonces. El día 26 se convocó a un cabildo abierto y el resultado, hayan o no estado los criollos en contacto con Castelli y los patriotas bonaerenses, se orientó por la misma formulación: una Junta de Gobierno.

La de Huánuco fue una Junta más de forma que otra cosa. Su conducción recayó en Domingo Berrospi en condición de Subdelegado y se integró a ella Crespo y Castillo, por entonces ya anciano, en condición de teniente general. Finalmente la única iniciativa de Berrospi fue atraer al jefe chupaychu Contreras a su hacienda con engaños y una vez ahí encarcelarlo, culparlo del saqueo y ejecutarlo sin juicio.

Pero todo se sabe al final. La ira y el repudio por la muerte del chupaychu Contreras tumbaron a Berrospi y en los primeros días de marzo se nombró a Crespo y Castillo como primera autoridad. Este tenía ochenta años y en el juicio, posterior a los hechos, su hija argumentaría que se negó a recibir el mando y lo obligaron. Otras fuentes aseguran que al aceptar juró vengar la muerte de Contreras.

La insurrección de Huánuco se expandió rápidamente a Huamalíes, donde las nuevas del alzamiento se recibían con alegría y al repique de campanas mientras ardían haciendas e ingenios. El pretexto de la rebelión abrió las compuertas de odios ancestrales. A María Bartolo, suegra del alcalde de Chupán, que se pronunció contra la rebelión, la pusieron frente al pelotón pero los fusiles se trabaron. La tal María proclamó su inocencia en nombre de la justicia divina. Los rebeldes acataron y no dispararon más. Pero la enterraron viva. Se había desatado el azote de la violencia redentora (continuará).

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