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Horror en Charleston

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Los asesinatos cometidos por Dylan Roof recuerdan la herida que permanece abierta dentro de la comunidad blanca del Sur.



El miércoles 17 de junio pasado un joven blanco norteamericano, Dylan Roof, entró a la iglesia protestante Hermano Emmanuel de la ciudad de Charleston (Carolina del Sur) y asesinó a 9 personas de raza negra que participaban en una jornada de estudios bíblicos.

Se trata de un muchacho que, según testimonio de sus compañeros de clase, había mostrado su inclinación racista desde que era un escolar. Las fotos en las cuales quema la bandera de los EE. UU., sostiene con orgullo la bandera de la Confederación o las banderas racistas de Rhodesia y Sudáfrica constituyen una clara indicación de cuáles eran sus preferencias.

El objetivo de Dylann Roof era iniciar una “guerra racial” en los EE.UU. El tema es un mito dentro de la comunidad de extremistas blancos sureños sostiene que el gobierno federal se ha convertido en una dictadura impuesta sobre los 50 estados de la Unión.

Lo cierto es que desde la Guerra de Secesión (1860-63) sigue abierta la herida de la comunidad blanca del Sur. El triunfo del Norte industrial y liberal no solo significó la abolición de la esclavitud sino también el término de un estilo de vida en los EE.UU.: el hacendado terrateniente.

Desde la llegada del Mayflower (partió de Plymouth en 1620 con 120 personas) a la nueva “Tierra Prometida”, el Dios cristiano le garantizaba a los migrantes anglosajones la propiedad de esta nueva tierra para hacer realidad su palabra, y la eliminación de los indios y el negocio de esclavos como mano de obra formaban parte de esa promesa. El comercio del tabaco, algodón y la caña de azúcar dio paso a los latifundios con una definida estructuración social y todas las relaciones sociales precapitalistas que eso significa.

Al final de la Guerra de Secesión, el bando perdedor estaba arruinado: inversionistas especuladores compraron propiedades y negocios a precios de remate. Los hacendados perdieron sus tierras y su poder dentro de la sociedad (ver el clásico de Hollywood “Lo que el viento se llevó”). Y no pasaron a una resistencia activa del tipo guerrilla contra los EE.UU. sino que se dedicaron a recuperar su presencia dentro de la estructura política estatal y municipal.

Esto fue claro y notorio cuando en los sesenta se discutieron los “derechos civiles” que terminaron en las normas de “affirmative action”, vale decir, que por ley se daba espacio a las minorías —en especial a la población negra en los colegios y universidades— a los servicios públicos en igualdad de condiciones (con preferencia, en algunos casos)

Hoy, sectores blancos pobres sureños atribuyen su situación a los beneficios que reciben otras minorías no blancas, protegidas por un Estado federal dictatorial. La salida para algunos consiste, entonces, en propiciar una guerra racial que cambie su situación. El atentado de Oklahoma (168 muertos y 680 heridos el 19 de abril de 1995) fue un acto de terrorismo que también tenía como intención disparar esta guerra.

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