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Opinión

Grau en Iquique: cátedra de honor

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Lecciones del combate naval, 137 años después



Existen episodios dentro de nuestra historia que reúnen en sí un cúmulo de enseñanzas para las generaciones venideras. Lamentablemente, a veces estas lecciones se pierden en datos numéricos o en discursos que desvían el mensaje hacia matices indiferentes.

Hace 137 años, frente a la costa de Iquique, dos buques se preparaban para batirse en duelo. Uno defendiendo el bloqueo; el otro buscando romperlo. En ambos comandaban dos oficiales de marina que dieron sin saberlo, una cátedra de la lucha con honor, por la fe en su país, así como por la caballerosidad y respeto mutuo a pesar de los avatares de la guerra.

De un lado se encontró Miguel Grau Seminario. Por el otro, Arturo Prat Chacón. Ambos se conocían desde los tiempos de la guerra contra España de 1866, cuando las escuadras peruana y chilena se aliaron frente a la amenaza común. En 1879 eran adversarios circunstanciales, casi podríamos decir que obligados por la presión del destino.

Solo hubo un victorioso, pero este no gozó con el triunfo pues había significado la muerte de su oponente. El mismo vencedor escribió en el fuero íntimo de la familia y en el reservado de lo profesional lo que sintió aquel 21 de mayo. Y lo hizo luego de salvar la vida de 62 náufragos del buque enemigo.

En una carta a Manuela Cabero Núñez, su cuñada casada con el oficial de marina chileno Oscar Viel Toro, Grau le comentaba el 29 de mayo que “el valiente comandante de la Esmeralda murió como un héroe en la cubierta de este buque, en momentos que emprendía un abordaje temerario. Yo hice un esfuerzo supremo por salvarlo, pero desgraciadamente fue ya tarde. Su muerte me amargó la victoria obtenida y pasé un día muy afligido” (De la Puente Candamo 2003: p. 294).

Este breve hecho, valorado por muchos, criticados por otros, nos da una lección al día de hoy. No importa la competencia, el fuero, las motivaciones y causas ante el enfrentamiento por obtener la victoria: lo que trasciende no es el triunfo a cualquier precio, sino los actos de “estricta y sobria calidad humana”.

Cinco años antes, Miguel Grau sostenía en El Nacional que “al servir a la nación, no he seguido por cierto mis propias conveniencias, ni los intereses de mis hijos a quienes si no les dejo una fortuna, mañana les dejaré a lo menos un nombre modesto, pero limpio”.

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