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Goodbye, PBI

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Luego de ochenta años, el mundo ha llegado a la conclusión de que el Producto Bruto Interno ya no es una medida útil del bienestar y progreso económico.



Me ha satisfecho sobremanera que El Comercio haya publicado un artículo de la profesora Diane Coyle, de la Universidad de Cambridge, en el que señala que luego de ochenta años casi todos han llegado a la conclusión de que el PBI ya no es una medida útil del bienestar y progreso económico, que es plausible llegar a un acuerdo para establecer un nuevo concepto de prosperidad y una nueva forma de medir, cuando los estándares de vida están mejorando. Sostiene Coyle que se viene debatiendo alternativas como los bienes digitales gratuitos o, si se quiere, la medición directa del bienestar.

Aunque el artículo enfatiza la insatisfacción con el enfoque del PBI vigente, queda aún un largo camino por recorrer antes de que otro indicador compuesto sea coronado en su lugar. Los estadísticos deberán establecer nuevas definiciones y métodos detallados de recopilación de datos.  Y cualquier sucesor del PBI también debería ser fácilmente implementable.

En lo particular, he venido señalando recurrentemente que esgrimiendo un simple porcentaje del PBI para demostrar bienestar aquí se malinforma al ciudadano de a pie. Y como en esos cálculos interviene una endiablada especulación, es realmente un crimen pedir presupuesto (de la caja pública), medir una deuda –sea esta bruta o neta– o la presión tributaria en función al PBI.

Hasta mediados de los años 30 no existió indicador alguno que permitiese medir la situación económica de un país. Ante este vacío, Simon Kuznets –inventor de la contabilidad nacional– creó en 1934 una serie de indicadores, entre ellos el PBI, para calcular cuánto producía un país, cuánto consumía o cuánto ganaba. De hecho el PBI ha resultado muy útil para medir la producción de una economía, pero debido a las muchas restricciones inmedibles –las economías subterráneas, el nivel de desarrollo, la asistencia a los países que tiene catástrofes y su reconstrucción– no lo consigue con el bienestar de la población, y omite las variables del impacto ambiental y la calidad de los bienes producidos.

¡El propio Simon Kuznets dijo una y otra vez, hace décadas, que no servía para medir el bienestar!

Son los vicios de una macroeconomía mundial impuesta en 1944 por los EE. UU. en Bretton Woods. Con la imposición del FMI y del Banco Mundial (y la supremacía del dólar), países como el nuestro toman indicadores que ocultan variables relevantes. Así, oscurecemos el derrotero de nuestro propio desarrollo y tomamos a pie juntillas conclusiones como las del llamado Consenso de Washington.

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