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Goodbye, Mr. Green Light

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Existe algo mafiosamente injusto en toda esta situación, pero también algo neciamente absurdo en nosotros mismos por permitirlo, por no gritarlo, por quedarnos callados, por no clamar como ante un penal no cobrado.



Vizcarra ha demostrado tener una manera muy particular para zafarse de las crisis de su gobierno. Su estilo es inusual, y recuerda al mago de un circo, alguien que saca de su chistera un conejo, mira al público y pide el aplauso del respetable por el truco, aun sabiendo que los está engañando descaradamente. O cual imitador que jala de su brazo izquierdo una cinta multicolor que no se termina de acabar. En realidad, esa pita es la del descalabro económico y sanitario, que no tiene fondo ni llega a ninguna meseta.

Ahora, el mago Vizcarra lo acaba de hacer una vez más, pero esta vez contra el expremier Cateriano, un reconocido político liberal con ideas propias. Si antes el mandatario se había sacado al Congreso de encima con un enroque de rey imposible, esta vez usó las apariencias para dejar entrar a Cateriano al ruedo y, sin darle tiempo de tomar aire, le mostró la puerta de salida sin llorar una lágrima. Debut y despedida. Goodbye, Mr. Green Light!

Vizcarra vive al parecer en un mundo de mentiras y fantasías. La escuela primaria de la política la cursó en la calle Choquehuanca, con Pedro Pablo Kuzcynski como maestro, un viejo y astuto zorro de Princeton y hombre bastante culto (aunque capaz también de echarse un bailecito popular de ser necesario). En cambio el moqueguano es mas bien simplón, sin carisma propio, muy ensayado en sus gestos y físicamente rígido. Alguien que prefiere las arengas patrióticas, los inacabables “pactos Perú” y las poses políticas chapadas a la antigua.

Con Vizcarra encajan a la perfección los mensajes a la nación en voz dramática al estilo Velasco: y en cadena nacional por supuesto, pues al parecer necesita creérselo y que la prensa adicta lo repita varias veces al día. La secundaria la aprendió a toda velocidad junto a los fiscales Lavajato, persiguiendo al valiente fiscal Pedro Chávarry, al APRA y al fujimorismo. No le importó ir destruyendo en el camino la justicia, al Congreso popular y a nuestra frágil democracia, mientras prometía combatir a los corruptos pero hacía diametralmente lo opuesto, perdonando sus deudas y carcelerías.

De todos los países donde Odebrecht ha trabajado, el Perú ha sido el único que le ha pagado a la corrupta constructora millones contantes y sonantes, y no le ha cobrado un centavo. Los 524 millones pagados por Chaglla son solo la punta del iceberg. De nada, Martín. Hoy Vizcarra ya se siente un canchero, es todo un cowboy en el Sunedu de la vida. No se da por aludido por estar involucrado en consultorías swings, en contratos para familiares o cuñados, o en pagos de casi 50 millones de soles a la empresa familiar C&M Vizcarra. Cifras inmensas de dinero entregados por, nada menos, el más avezado pillo nacional, José Graña MQ. Ya sabemos lo que dirá: “Es mi hermano pero yo no sabía nada”. ¡Lata conocida!

La lucha anticorrupción en el Perú se habría convertido en una farsa total y, en realidad, este sería el gobierno del también llamado Club del la Construcción (también llamado por algunos “el clan de la corrupción”). Todos sus miembros sin excepción están libres, navegando los siete mares sobre sus lanchas de Ancón o Miami, sin siquiera ser citados o investigados, y sin que nadie les exija devolver lo robado. ¡Tampoco pagan multas!

Por si fuera poco, hoy este infame clan se está renovando con más fuerzas y pide sangre fresca, es decir, más plata al país para sus truculentos negocios. No les bastó con los inmorales peajes, o con aguardar a que el CIADI les regale cientos o miles de millones de dólares peruanos por el Gasoducto del Sur. Hay quienes afirman que se estaría firmando una nueva adenda al proyecto Chavimochic –nuevo proyecto bandera de Odebrecht en el Perú–, que incrementa NUEVE VECES el precio al Estado. Pero no se confunda, lector distraído, pues quien va pagar la factura no es Vizcarra sino es usted mismo. Y se va a acordar de mí, cuando en la puerta del hospital algún familiar suyo se ahogue por carecer de un soplo de oxígeno.

Este gobierno de caviares incompetentes nos hunde cada día más en el pozo negro de su indiferencia. La gente también parece resignada a su suerte y ya no espera ser rescatada. Somos el país donde el número de muertos por millón es el más alto del mundo, donde el PBI ha caído más que en ningún otro sitio del planeta.

No hay un pinche balón de oxígeno para nadie. Tenemos muertos inocentes por doquier, y viudas desesperadas como Celia Capira nos sobran. Y si al Estado peruano le regalan plantas de oxígeno ellos las devuelven o las rechazan “ideológicamente”, y permiten que más gente inocente quede regada en el camino del COVID-19.

No hay camas en ninguna parte, no hay agua potable y, la verdad, hoy solo se come una sola vez al día en los cerros. Reconozcamos, pues, que existe mafiosamente injusto en toda esta situación, pero también algo neciamente absurdo en nosotros mismos por permitirlo, por no gritarlo, por quedarnos callados, por no clamar como ante un penal no cobrado, como en una patada a nuestro delantero justo al momento de hacer el gol.

Hoy yo quiero gritar este asqueroso foul contra todos los peruanos, ¡y cuando menos decirles su carajo a todos los comunistas que nos gobiernan!

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