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Golpe invisible en Leticia

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Escala belicista originada en Iquitos, que hemos olvidado por completo, tuvo mucho que ver a la hora de apagarse la existencia de Luis Sánchez Cerro. 



Leticia es un puerto en el Putumayo que en agosto de 1930 fue entregado por Perú a Colombia a cambio de navegación soberana en el Amazonas. Terminaba agosto de 1932 y tras festejar el día de Santa Rosa, el presidente Sánchez Cerro se fue a dormir tranquilo. Al despertar le cayó encima la noticia. En el transcurso de la noche, señor presidente, medio centenar de personas mayormente de Caballococha, apoyados por elementos acantonados en la guarnición Chimbote, han tomado Leticia, señor presidente.

El embajador de las Estados Unidos, Fred Morris Dearing, contactó a primera hora al presidente y Sánchez Cerro le aseguró que lo de Leticia era una simple maquinación política para distraer la atención y preparar el camino a una subversión aprista y comunista en Lima, que él se encargaría de reprimir. Un bravo, el Mocho.

Entonces empezó el baile. Los mandos militares de Iquitos removieron por su cuenta al comandante Ugarte bajo el cargo de haber informado falsamente sobre la toma de Leticia. Y advertían que ante un intento de sacar a los peruanos de Leticia “se producirá una guerra civil” que, siempre a tenor de las expresiones militares, “sería precursora de una guerra nacional”. Ese comunicado no estaba destinado a la comunidad internacional, ese comunicado estaba dirigido a poner en vereda al señor presidente, a su gobierno y a quien más ose pensar diferente.

Sánchez Cerro pensó a lo mejor que lograría capear el temporal interno enviando a una figura destacada como el excandidato presidencial Guillermo Hoyos Osores, como nuevo prefecto de Iquitos, y al comandante Víctor Torres como nuevo jefe militar. Ninguno de los dos pudo ejercer autoridad alguna hasta declarar públicamente que apoyaban el comunicado militar iquitense.

Uno sabe dónde empieza un conflicto pero no dónde termina. Una situación destinada a resolverse entre escritorios y retórica de juristas tomó, de un momento a otro, la ruta sin retorno de los conflictos que se definen por la fuerza de las armas. Obligado, Sánchez Cerro corrió la ola patriotera.

Esa escalada militarista y bélica, que hemos olvidado por completo y revisaremos antes de volver a la escena del crimen, tuvo mucho, muchísimo que ver a la hora de apagarse la existencia de Luis Sánchez Cerro.

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