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Gobierno en la calle

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La gestión de Humala ha terminado cediendo ante la algarada de radicales de todo pelaje.



Mientras el jefe del gabinete Pedro Cateriano intentaba proyectar alguna autoridad y liderazgo políticos frente al violento desborde contra el proyecto minero Las Bambas, la Comisión de Energía y Minas aprobaba por insistencia la ley que faculta a Petroperú a operar el lote petrolero 192, haciendo caso omiso a las observaciones planteadas por el presidente Humala.

Lo que sigue está cantado: el pleno parlamentario aprobará, con inocultable cálculo electorero, el ingreso de la empresa estatal a la explotación petrolera, luego de que días atrás en el Congreso el premier y su colega ministerial Rosa María Ortiz explicaran la inviabilidad técnica, legal y financiera de esta opción.

Una derrota política que llega empujada por la erizada protesta que puso en pie de guerra a Loreto. 

Más atrás en el tiempo, Islay fue escenario de la violencia antiminera —con un inaceptable saldo de muertos, heridos y daños materiales— que ha sometido al proyecto Tía María a una dilatada pausa durante la cual poco o nada se ha movido. Presidente y ministros exclamaron entonces que esta importante inversión saldría adelante de todas maneras, pero la interrupción ya tiene sabor indefinido.

Las tempranas y radicales movilizaciones contra Conga han sido las precursoras de esta serie de imposiciones surgidas de la violencia —Pichanaki y La Oroya son también ejemplos en este sentido— que hoy tiene, acaso, su más dramática expresión en las víctimas de Las Bambas.

Por lo visto hasta ahora, que Cateriano y otros ministros exclamen que este megaproyecto continuará, nos dice en realidad muy poco, por no decir nada.

Prisionero de una extrema fragilidad y soledad políticas labradas a pulso con mano propia, y con precariedades enormes para administrar el Estado, el régimen de Humala ha terminado cediendo ante la protesta incendiaria, a la calle exaltada, a la algarada de radicales de todo pelaje, su mandato constitucional de gobernar.

El gobierno está en la calle: una frase con el preciso y justo doble sentido que usted (y cualquiera) entiende.    

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