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Opinión

Fútbol y realidad nacional

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Estoy convencido de que nuestro fútbol y realidad nacional están cambiando en beneficio de lo que la historia nos ha deparado por siempre: la grandeza de ser una potencia no solo en el plano futbolístico sino como nación.



Acabamos de vivir otro capítulo más de nuestra crónica tendencia al sufrimiento y las lamentaciones. El partido de ida del repechaje para el mundial de Rusia 2018 jugado en Nueva Zelanda fue más de lo que lamentablemente hemos estado acostumbrados a ver desde hace 35 años, cuando por última vez asistimos a un mundial.

En España 82 la era del oro del fútbol peruano empezaba su ocaso con un equipo que clasificó invicto en su serie sudamericana ante Colombia y Uruguay pero luego jugó el peor mundial de su historia por, entre otras razones, subestimar a sus rivales. Al margen de las broncas internas entre Uribe y Cubillas por ver quién llevaba la número 10, el equipo de Perú salió ante Camerún con la misma actitud que ante Nueva Zelanda en Wellington. Subestimando totalmente al rival (entonces un equipo africano desconocido que por primera  vez llegaba a un mundial), Perú solo sacó un magro empate y terminó sus octavos de final en el último lugar, goleada de Polonia y Lato de por medio.

Dice un autor anónimo que este entrañable país tiene gente que se especializa en sacar la cabeza del agua y que puede vivir con ella entre la barbilla y la nariz mucho tiempo. Que siempre terminamos, luego de heroicos sacrificios, con el líquido en el cuello y nos maravillamos de haber logrado sacar la cabeza; nos sentimos agradecidos por poder respirar libremente y esperamos seguir así… y nos hacemos ilusiones. Pero solo son ilusiones: siempre es la cabeza, nada más que la cabeza y solamente la cabeza la que sobresale.

Sin embargo, mientras escribo estas líneas antes del próximo partido final clasificatorio para Rusia 2018, estoy convencido de que lo dicho arriba por nuestro anónimo autor no aplica, y de que nuestro fútbol y realidad nacional están cambiando en beneficio de lo que la historia nos ha deparado por siempre: la grandeza de ser una potencia no solo en el plano futbolístico sino como nación, y de que el interés común se anteponga a las actitudes sobradas que minan el triunfo deportivo y a las broncas de callejón que hacen retroceder el progreso nacional.

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