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Freddy Ternero: cuando en el Perú sí se podía

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El grito de "¡Sí se puede!" afirmó una economía y actores dispuestos a crecer.



Es difícil sustraerse al sentimiento de pérdida que deja la súbita partida de Freddy Ternero. Ni sabíamos que estaba enfermo y de pronto una dolencia se lo llevó. Ya no está más y todo es recuerdo.

Qué jornadas nos regaló el Cienciano bajo su conducción. Ese Cienciano del 2003, equipo de nuevo siglo, representaba el mix demográfico adecuado como para sintonizar con el país.

Si el fenómeno social más visible en el siglo XX en su conjunto fue la migración masiva, el Cienciano querido no era otra cosa que un equipo de migrantes. El mejor mensaje para el país. Solamente Cesar Camilo Cahuantico era cusqueño; los demás provenían de diferentes lugares y eso no los hacía menos en el corazón de los cusqueños.

Doce años atrás, el Perú empezaba a consolidar su ruta de crecimiento prolongado. Ese inolvidable grito de “¡Sí se puede!” consagró desde el Garcilaso un ritual liberador de carácter nacional y sintonizó ante todo con el grito afirmativo de una economía y sus actores dispuestos a crecer. Una economía y sus actores que seguían un camino de reglas claras y galopante inversión. Y en la alegría del triunfo, todavía reiterada luego en la Recopa ante Boca, llegamos a pensar que el Cienciano sería eterno y que el Perú nunca, reitero, nunca dejaría de crecer.

Repentinamente, te fuiste Freddy y te juro que no puedo pensar en otra cosa. Porque no estamos ahora para descubrir qué tipo de persona eras o hasta qué punto tus jugadores aportaron lo mejor de sí en uno de los más sanos grupos futbolísticos con los que yo haya tenido el privilegio de compartir alegrías.

Pero te has ido y mira en qué situación nos dejas. Te vas con la economía nacional flaqueando como tu arco antes que llegara Ibáñez a cuidarlo. Te has ido Freddy y te decimos adiós desde un horizonte de granadas y falsedad. Desmoralizados.

Ya no estás, Freddy Ternero, y no sabes con qué nostalgia añoro a ese Perú de tus triunfos. Cuando creíamos que avanzamos a una vida mejor, cuando hasta era posible imaginarnos algún día en el primer mundo, cuando parecía que seríamos capaces de desaparecer la pobreza. Cómo se extraña los tiempos en que nos la creímos, cegados por los espejuelos de una corrupción que recién vamos a calibrar.

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