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Opinión

¡Feliz cumpleaños, gran almirante!

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Miguel Grau Seminario nos demostró que la vida puede desarrollarse sin desviaciones de la verdad.



Trece años después de la proclamación formal de la independencia peruana y específicamente bajo el gobierno del general Luis José de Orbegoso, el 27 de julio en vísperas de las Fiestas Patrias nacía en la actual calle Tacna 662, departamento de Piura, el peruano que llevaría sobre sus hombros uno de los mayores pesos otorgados por las circunstancias y la ciudadanía.

La reflexión sobre su vida nos proporciona caros quilates de valores morales y comportamientos éticamente correctos que bien vale la pena mantener presente. Y es que Miguel Grau Seminario no fue el producto del combate naval de Angamos, aquel 8 de octubre de 1879. Este evento fue el corolario de una vida coherente entre pensamientos y acciones, que terminó a los 45 años de edad, y que una Lima pequeña como la de segunda mitad del siglo XIX no pasó por alto, dada la naturaleza de pulcritud e inmaculada trayectoria de nuestro Gran Almirante.

Han pasado casi 137 años desde que en palabras del monseñor José Antonio Roca y Boloña, “el infortunio y la gloria se dieron una cita misteriosa en las soledades del mar sobre el puente de la histórica nave, que ostentaba orgullosa nuestro inmaculado pabellón, tantas veces resplandeciente en el combate. El infortunio batió sus negras alas y, bajo de ellas, irguióse la Muerte, para segar en flor preciosas vidas, esperanza risueña de la patria. Empero, cuando aquella consumaba su obra de ruina, apareció la Gloria, bañando con su purísima luz el teatro de ese drama con inmarcesibles coronas, las altas frentes que no se doblegaron ante el peligro, y mantuvieron siempre frescos los laureles, con que las ornara la victoria”.

Estas sentidas palabras han llenado de orgullo a las generaciones sucesivas, que hoy continúan construyendo un mejor Perú.

Aquel “marino marinero […] guerrero cristiano, [que] toda su confianza la cifraba en Dios” es acaso aquel gran personaje de la historia peruana que reúne en sí el paradigma del ciudadano y héroe del Perú.

Grau no fue sobrenatural ni, mucho menos, perfecto. Fue un ser humano como nosotros y en ello radica su vigencia: nos demostró que se puede ser bueno en las peores circunstancias. Que la vida puede desarrollarse sin desviaciones de la verdad. Que el respeto a la dignidad humana no es materia ajena para los peruanos. Que la obediencia a las leyes humanas y divinas no genera repulsión ni rechazo para quienes la practican con sinceridad de conciencia.

En 1984, durante la inauguración del museo Casa de Grau en Lima, donde vivió desde la fecha de su matrimonio con Dolores Cabero y pudo disfrutar de sus diez hijos, el presidente de la república, arquitecto Fernando Belaunde Terry, sostuvo que “el hombre que sirve a su patria heroicamente tiene el privilegio de que su hogar se mantenga abierto, de que su umbral lo crucen las generaciones venideras y que las palpitaciones de su corazón se escuchen en el ambiente donde forjó su honrosa familia”.

¡Felicidades en su día, insigne almirante! Ahora, algunos lo nombran como el Peruano del Milenio. Parafraseando el título de una película de 1966, nosotros lo creemos “un peruano para todos los tiempos”.

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