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Opinión

Estadio Nacional: la tragedia olvidada

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En la antevíspera de Reyes de 1931, la policía abrió fuego contra soldados y civiles. El trágico saldo fue políticamente manipulado.



El primer domingo de enero de 1931, antevíspera de Reyes, ocurrió lo impensado: Leguía en prisión era pasto de caricaturas y mandaba Sánchez Cerro. Tras el partido entre los mundialistas uruguayos del Bellavista y los arequipeños del Aurora, de la recién inaugurada tribuna de Segunda (Oriente) bajó al campo un soldado de línea de los muchos que habían ingresado gratis a la nueva tribuna. El cachaquito según el habla popular, quería cruzar el campo y fue interceptado por un miembro de la Guardia Civil.

Más policías acudieron a golpear al soldado, pero ya otros soldados de línea y civiles enardecidos llegaban raudos en auxilio del agredido. Ocurrió lo peor: los policías abrieron fuego. Las balas silbaron en el aire, en una sola dirección, y reclamaron su cuota de sangre. Los policías disparaban al bulto y en un abrir y cerrar de ojos había cuatro muertos y muchísimos heridos que tampoco podían incorporarse.

En un acto más de supervivencia que de civismo, aunque sí digno de admiración, la masa apiñada hizo retroceder metro a metro a los policías enloquecidos y sus humeantes armas. Los guardias terminaron huyendo mientras la indignación desencadenó de inmediato un desborde popular que ganó las calles, causó desbandes, saqueos y asaltos… sin que nadie pudiese controlar la situación.

La multitud, con las prendas ensangrentadas, desembocó en Palacio donde Sánchez Cerro lanzo un balconazo. El tono de Sánchez Cerro cobraba un timbre dramático y enérgico que tocaba la piel de todos los asistentes. “Peruanos”, exclamó, “esto no es si no la consecuencia triste y dolorosa, de una situación caótica de desorden, de encono que ha dejado la fenecida dictadura que necesitaba promover odios y pasiones para cometer sus delitos y traiciones”. “Fatalmente”, prosiguió el Mocho, “esa ha sido la manera de gobernar durante la época de la dictadura y las consecuencias las pagamos ahora”.

Con suerte, el “culpable” Leguía se encontraría a esa hora reposando. Con menos suerte, acaso era víctima del dolor mientras intentaba miccionar en una lata y sus guardianes reían.

Al rato no quedó nadie en las calles. Incluso la plaza de Armas quedó totalmente despejada. Era como si hasta las palabras de encono se las hubiera llevado el viento. Como si el verdadero baño de sangre y la barbarie no estuvieran aguardándonos a la vuelta de cualquier furtivo amanecer.

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