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Opinión

Esa violencia invisible

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"¡Mátala, mátala, mátala...!"



Fue un contraste verdaderamente chocante despedir un intenso segmento de la intensa cobertura de Juegos Olímpicos por Latina y dar paso a otra cobertura: la de la marcha contra el maltrato a la mujer. Fue duro pasar a enterarse de otra tabla de récords, pero esta vez vinculados al abuso y maltrato de la mujer. Cualquier maquinaria de sueños se detiene ante semejante realidad.

Y debe quedar establecido, desde el comienzo, que esta lucha se da desde el corazón o mejor no. Siempre habrá tiendas políticas que pretenden sacar provecho propio de semejante cruzada. Por eso mismo debemos tener muy presente que la lucha contra la violencia a la mujer no es propiedad de nadie porque compromete a todos. Sin excepción.

Desde ese punto de vista quiero dar un testimonio reciente, acaso trivial pero para mí importante. Está vinculado a la extensión e intensidad con la que la violencia se ha metido en nuestras existencias, muestra cómo nos aguarda agazapada a la vuelta de cualquier esquina o lista a saltar tras el tenue giro de una tecla. Y la  toleramos, nos acostumbramos a ella. Nos entregamos.

Existe, quiero creer, un punto de saturación. La marcha lo ha demostrado muy bien pero es hora de reconocer la saturación en nuestra propia cotidianeidad y reaccionar contra la violencia disfrazada en los medios de comunicación.

Aterrizo. Me gusta escuchar salsa y deploro de la salsa sensual, por lo cual suelo escuchar salsa de la vieja escuela. Y hay una canción que ha estado siempre presente en el horizonte fiestero. Un tema musical con el que muchos hemos toneado de lo lindo. Daré detalles.

El ritmo es berraco o no pasarían hasta hoy a cada rato la canción por la radio. La letra es simple y contundente. El coro, criminal.

Empieza con la primera voz diciendo “malas mujeres no tienen corazón” y reiterando que “malas mujeres no tienen corazón”. Luego el coro entra vigoroso y entona: “Mátala, mátala, mátala, mátala/ no tiene corazón, mala mujer”.

Desde hace dos meses apago la radio mientras manejo, porque ya no tolero la canción. Porque me lastima. Porque me hace entender, casi impotente, que la violencia doméstica nos está ganado.

Y me duele. No se necesita dar ni recibir golpes para sentir un dolor que no pasa fácil y se reitera día por medio. ¿Regularemos por fin contenidos? Y si no, ¿qué? ¿Nos rendimos nomás?

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