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Entre el baile y el marketing

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El afán de enriquecimiento y de poder es la brújula que hoy orienta lo que antes era una misión de servicio.



“Plata como cancha” es una frase que está haciendo fortuna en esta campaña: la política como negocio y como empresa que conecta con las ilusiones e intereses de quienes ven en el poder político una vía de movilidad personal y un botín que espera. La política convertida en aventura personal, las responsabilidades en oportunidades de grupo.

El afán de enriquecimiento y de poder es la brújula que orienta lo que antes era una misión de servicio y ahora es un lance por el que apuestan ingentes cantidades de dinero.

El mercadeo o marketing publicitario de candidatos debería tener un correlato de propuestas serias y fundamentadas, pero únicamente interesan las calidades del candidato-producto, cuya imagen se vende más con conocimientos de cosmetología que de ideología. Preocupa, por ejemplo, la informalidad política que encarna César Acuña en las antípodas de un PPK que busca ganar adhesiones con propuestas racionales.

El baile y la plata con soporte de habilidad marketera y publicitaria podrían dejar atrás a cualquier político no actualizado en el Totó y en los mítines de música y diversión, que relegan las promesas electorales para salir de la crisis de inseguridad y de la economía paralizada.

Y el baile recién comienza y está dando resultados. A contracorriente de la razón, la preparación, la experiencia y el conocimiento de los problemas nacionales, está una nube de candidatos a la presidencia con millones que se invierten en publicidad marketera, mejor si es hábilmente conducida por un publicista extranjero bien rankeado. Las ambiciones parlamentarias están desatadas sin rubor y el ciudadano ve cómo su voluntad decisoria se devalúa al ritmo del Totó, relegada entre la fanfarria y la fiesta.

Los candidatos se llenan de frases de respeto al soberano, de consolidación de  la democracia y de las instituciones, de libre empresa, de sociedad abierta pero la política es negociada al mejor postor. Parecería que no estamos decidiendo nuestro destino nacional, sino asistiendo a una feria de vanidades, aventuras y aprovechamientos donde el dinero es el gran decidor.

¿Alcanzarán instituciones como el JNE, Transparencia y los escasos partidos organizados, para poner equilibrio en este escenario o asistiremos al triunfo de la informalidad política irrigada por la plata como cancha que coloca la rendición de cuentas en el desván? Advertencia a tiempo es doblemente útil, constatación oportuna es indispensable. En eso estamos.

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