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Opinión

En memoria de Jaime Thorne León

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Lecciones sobre cómo ejercer la función pública con excelencia



Nuestro amigo, abogado y político peruano independiente, Jaime Thorne León, fue ministro de Defensa, presidente del Indecopi (donde tuve el honor de conocerlo) y secretario del Jurado Nacional de Elecciones. Acaba de dejarnos y en estas líneas le rendimos homenaje a su legado, destacando las principales lecciones que nos entregó sobre cómo ejercer función pública y dirigir una institución con honestidad, eficiencia y firmeza:

Un funcionario público debe tener un plan, plantear objetivos y ser decidido para lograrlos.

Asumir la responsabilidad de dirigir una institución pública y asegurar que esta cumpla a cabalidad sus funciones en beneficio de la sociedad exige que el funcionario tenga las ideas claras desde el inicio, primero como ciudadano y luego como autoridad. En consecuencia, debe construir un plan claro desde el inicio de una gestión (sin improvisaciones), que sea comunicado y compartido con todos los colaboradores de la institución, con una convicción tan decidida que ellos –convencidos por la legitimidad del plan– lo hagan suyo.

En su primer día en el Indecopi, allá por el año 2006, reunió a todos y nos dijo: “Quiero consolidar una institución de excelencia junto con ustedes”. Así lo cumplió. Desarrolló el capital humano de la institución, su infraestructura y juntos modernizamos las reglas de protección al consumidor, libre y leal competencia, publicidad, propiedad intelectual, procesos concursales y normas técnicas para facilitar el comercio internacional. Cumplió largamente, sobre todo con lo más importante que era la captación y la retención del talento humano, así como el merecido estímulo al dedicado personal.

Con ese propósito, logró superar la muralla del Ministerio de Economía y Finanzas y habilitar presupuesto para un merecido aumento general de las remuneraciones de los funcionarios (el último que recuerdo en la institución), bajo la premisa de que un buen funcionario debe estar siempre bien pagado a niveles del mercado.

Un funcionario público debe exigir que sus colaboradores no siempre le den la razón y respeta sus autonomías y especialidad.

Dirigir una institución pública exige un permanente cotejo de ideas para tomar buenas decisiones. Exige provocar el análisis crítico de quienes conforman su equipo directivo y lograr el mejor contraste de ideas, a efectos de evitar la acción errática. Como hombre inteligente y con experiencia, Jaime desconfiaba metodológicamente de quienes siempre procuraban coincidir con él y darle la razón sin reflexión. Siempre insistía: “Cuando pienses distinto asume que tienes el deber de decírmelo, pues debemos lograr diseñar la mejor estrategia. Esa es tu responsabilidad.”

Cuando se dirige una institución con órganos autónomos interiores (tales como Comisiones, Tribunales y demás órganos resolutivos que resuelven controversias y/o imponen sanciones), quien dirige la institución no debe inmiscuirse en sus decisiones. Jaime siempre respetó eso. Sin embargo, cuando se cometen errores o excesos, las autonomías no son escudos. Siempre respetó la decisión del órgano autónomo, pero cuando la función no se cumplía debidamente por errores de acción u omisión los cambios se producían muy rápidamente.

“No podemos darnos el lujo de fallar pues nuestros errores son capaces de afectar la economía de mercado y afectar la inversión, lo que siempre impactará negativamente en el ciudadano”, decía con razón.

Un funcionario público debe poseer una genuina firmeza frente al poder y resistencia a las presiones.

“No tengo ningún miedo a renunciar” era la frase favorita de Jaime frente a presiones políticas o a presiones privadas. Nunca se intimidó ante a una citación del Congreso, un requerimiento ministerial o una dura nota periodística. Al dirigir una institución pública siempre existirá incertidumbre sobre el futuro personal y sobre las represalias ante un actuar honesto y de conciencia que pueda incomodar a algunos.

El deber de un funcionario público es superior. Significa asumir que uno está a cargo de la defensa de los intereses generales de la sociedad, los cuales pueden coincidir –a veces– con intereses individuales pero estos no deberían influenciar a quien dirige una institución. Jaime, persona decidida y valiente, nunca actuó para quedar bien con alguien.

Las decisiones públicas siempre dirimen entre intereses públicos o privados en conflicto y ello es parte de la responsabilidad que asumen los funcionarios públicos. Ese peso no debe intimidarlos; por el contrario, debe motivarlos a ser independientes de conciencia. La mayor condecoración es no tener miedo.

Esos momentos de conversación cada vez que empezaba la mañana en el Indecopi quedan grabados. Mantendremos los propósitos irrenunciables de defender las libertades económicas y, en consecuencia, los intereses del ciudadano.

Adiós, amigo. Gracias por tu legado.

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