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En el error, ¡hermanos!

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Tanto Alfredo Thorne como Edgar Alarcón han gatillado un papelón absurdo que ha mellado la dignidad de sus cargos.



¿Qué puede llevar a personas inteligentes y académicamente bien preparadas a protagonizar monumentales metidas de pata? La respuesta es simple: la falta de un mínimo criterio político. ¿Pero acaso lo político no es algo “secundario” cuando se trata de administrar con eficiencia y honestidad la cosa pública? En efecto, a muchos les puede parecer “secundario”, algo accesible.

Sin embargo, resulta ESENCIAL si se trata de conservar el poder desde el que se actúa políticamente. ¿Exagero? No lo creo.

Veamos el caso del ministro de Economía Alfredo Thorne: ¿era necesario que luego de las declaraciones del premier Zavala ante el Congreso, reconociendo lo mal que habían heredado el Ejecutivo al término de la administración Humala, él ampliara los cuestionamientos sobre Nadine Heredia y algunos exfuncionarios del MEF, todo ello sin alguna evidencia que avalara sus declaraciones? ¿No era mejor hablar de sus propios objetivos a mediano y largo plazo antes que enredarse en dimes y diretes sobre los que debió luego desdecirse?

Como ha quedado demostrado, para Thorne no existe aquel mandamiento básico de la comunicación política que aconseja declarar sobre lo que se conoce y domina (y llegar a cada entrevista periodística con un objetivo de comunicación definido) y no caer en terrenos inciertos donde la prensa obtiene titulares —¡cómo no!—, pero nunca se termina fijando un mensaje. En ese sentido, el ministro Thorne más calichín, ¡imposible!

Ese ha sido el mismo caso del contralor Edgar Alarcón, quien acaba de aceptarle la renuncia al ex congresista fujimorista Juan Díaz Dios al cargo de coordinador parlamentario. Es increíble que antes de proceder con este nombramiento Alarcón y sus asesores no hubieran sopesado los pro y contras alrededor del designado: un operador identificado con una línea política, es cierto, pero con llegada a la bancada que domina abrumadoramente el Parlamento. ¿No es esa la función básica de un “coordinador” parlamentario? Claro que sí.

El problema es que que falló en sus cálculos (si acaso hubo alguno): era obvio que dicho personaje generaría una ola de rechazo en cierto sector de los medios, por lo que Alarcón y compañía debieron haber estado preparados para contrapesarlo. No lo estuvieron y “arrugaron” a la primera de bastos (Díaz Dios renunció menos de 24 horas después de que se conociera su designación en el cargo).

¿Tan ligera es la Contraloría General de la República y su titular a la hora de decidir asuntos esenciales para su función y objetivos?

Por lo visto hasta aquí, tanto Thorne como Alarcón han gatillado un papelón absurdo con la correspondiente merma a la dignidad de sus cargos. Está bien que sean técnicos destacados, pero un poco de criterio político, de anticipación y convicción antes de lanzarse a la piscina nunca está de más.

Después de todo, nada cuesta acatar el mejor consejo de todos: en política como en la vida, la prudencia suele ser la mejor consejera.

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