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Opinión

En Alemania los enemigos también tienen cara de peruanos

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Reporte especial desde la documenta 14: la exposición artística del artista Sergio Zevallos es un instrumento de protesta pero también de mentira y falacia.



La documenta 14 es una de las exhibiciones de arte contemporáneo más importantes del mundo. Se celebra cada quinquenio en la ciudad de Kassel, Alemania y este año, por primera vez, se montó también en Atenas con la finalidad de hacer un llamado de atención a la situación actual en Europa y poner en relieve las manifiestas tensiones entre el norte y el sur, además de crear lazos y limar diferencias a través de la cultura.

Atenas ha sido cuna de la civilización y hoy es una ciudad arrasada por la crisis económica y con una evidente incapacidad de dar atención a los miles de inmigrantes que tocaron sus costas. La documenta 14 es una suerte de reivindicación a ese pasado glorioso pero venido a menos.

En Kassel, ciudad de una pulcritud paralizante, una de las piezas de arte más emblemáticas es el “Partenón de los libros”, construida por la artista plástica argentina Marina Minujin con 100 mil libros prohibidos en algún lugar del mundo a través de la historia (Lolita de Nabokov; 1984 de George Orwell, El Manifiesto Comunista de Friedrich Engels y Karl Marx, entre otros) que fungen de ladrillos en estas estructuras casi virtuales. Un homenaje a todos aquellos que fueron y siguen siendo violentamente censurados por expresarse en libertad, una de las formas más degradantes de represión y castigo al ser humano. Coincidentemente, la obra se exhibe en la Friedrichsplatza de Kassel, donde el 19 de mayo de 1933 fueron quemados cerca de dos mil libros por los nazis dentro de lo que denominaban “acción contra el espíritu antialemán”, una persecución sistemática de los escritores judíos, marxistas y otros autores. El poder aplastante del régimen que no hacía excepciones.

De la documenta 14 podemos decir que es una exhibición muy rigurosa y austera comparada con el desborde de fiesta, luminosidad y publicidad de la Bienal de Venecia, siendo ambas de igual importancia cultural y artística. En la documenta hay muchos latinoamericanos invitados, especialmente chilenos y argentinos, y un solo peruano: Sergio Zevallos.

Zevallos, nacido en Lima en 1962 y residente en Alemania desde hace veintiocho años, plantea una exhibición emocionalmente disruptiva, denominada Máquina de Guerra, que ocupa un espacio privilegiado en el segundo piso de la Neue Gallerie. La obra consta de siete piezas: la primera de ellas denominada “Los rasgos biológicos de los nacidos criminales” que enumera absolutamente al azar una serie de características físicas y emocionales supuestamente “negativas” de quienes, siempre según Zevallos, son biológicamente delincuenciales. La segunda y tercera pieza constan de retratos de diversos personajes, desde líderes del Partido Nacionalista Griego “Golden Dawn”, pasando por Hillary Clinton, Mario Draghi (presidente del Banco Central Europeo), Christine Lagarde del FMI, hasta Mario Vargas Llosa, Roque Benavides, Vladimiro Montesinos, el cardenal Juan Luis Cipriani, Francisco Morales Bermúdez, Nicolás Hermoza Ríos, varios miembros del Grupo Colina, así como otros personajes como políticos como empresarios de talla mundial, que a los ojos de Zevallos constituyen todos símbolos de la opresión política y económica. Algunos, ciertamente, pueden serlo y ya están pagando por ello, pero generalizar de esa manera tan irresponsable e injusta linda con la difamación.

Luego siguen ilustraciones de ojos, mandíbulas y orejas de estas personas, en abierta violación a su derecho a la intimidad y en un intento de buscar inexistentes similitudes y de justificar lo injustificable. Se trata de arte como instrumento de protesta (pacífica) pero también de mentira y falacia contra una realidad que Zevallos cree conocer. Este tipo de manifestaciones artísticas mal nutren las cándidas mentes de ciudadanos del primer mundo y promueven que muchas organizaciones internacionales, invasivas y paternalistas, sigan solventando a las ONG antisistema, enemigas del desarrollo de nuestro país.

El arte es una hermosa manifestación de ideas, emociones y sensaciones a través de recursos sonoros, lingüísticos y plásticos, pero jamás debería ser mensajero de patrañas. La subjetividad del artista tiene un límite, en especial cuando el nombre y prestigio de personas honorables está en juego. No tienen derecho a transformar la libertad en libertinaje ni tampoco a apropiarse de la verdad.

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