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Emilio Lissón: ¡el Monseñó er Santo!

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Arzobispo de Lima repudiado políticamente al caer Leguía tuvo luego otra vida pastoral en Europa, falleció hace medio siglo y va camino a la santidad.



Solo queda aceptarlo. Hasta la elección de la sede de una misa papal es capaz de encresparnos. Se puede leer parte del embrollo como un intento de moverle el piso a monseñor Cipriani o, en versión más descafeinada, como una buena ocasión de imponer el carácter secular y laico del Estado peruano, compañeros.

Ni que fuera novedad. Así como se ha comparado a Alberto Fujimori con Augusto Leguía, a Juan Luis Cipriani se lo puede comparar con Emilio Lissón, primado en tiempos de Leguía. Recordemos la acusación a Cipriani presentada en el Vaticano por Fernando Olivera con cartas falsas. Fujimori había caído y era fácil apuntarle a Cipriani.

Algo similar ocurrió tras la caída de Leguía en 1930. Caído el tirano le tiraron al cura del tirano. Lissón no la libró. La historia menuda revela que monseñor Lissón se embarcó en 1931 a entrevistarse con el Papa convencido de que recibiría todo el respaldo y pondría la casa en orden. No fue así. Llegó a Roma solo para enterarse que había sido removido del cargo.

Tuvo que pasarse los siguientes diez años fungiendo de guía de turistas para solventar su gastos. De esos años data su monumental labor sobre fuentes para la historia de la iglesia en el Perú. En 1940 pasó a la España posterior a la guerra civil donde hacían falta sacerdotes de su talla y formación. Primero en Valencia y luego en Sevilla, Lissón ejerció un apostolado impecable. Los gitanos de Sevilla lo llamaban con veneración “Monseó er Santo” y en Valencia se lo conocía como el obispo de los pobres.

Emilio Trinidad Lissón Chávez, de cuya labor pedagógica y pastoral en el Perú no hemos tenido ocasión de decir media palabra, también tuvo llegada en la formación de sacerdotes en la década de los cincuenta. Participó en la formación de personalidades de peso en la posterior conducción de la iglesia. Solía decirse en ese entorno que una hora de conversación con Lissón era una hora de teología pura.

Lissón ya no está en este mundo. Tampoco está su tenaz opositor de antaño, el jovencito Haya de la Torre. El corazón de Jesús sigue reinando felizmente en el Perú pero nosotros mismos parecemos incapaces de abandonar el encrespamiento y la pequeña rencilla.

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