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Elecciones y liderazgo: recordando a “Pacay Seco”

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Memorias de tiempos lejanos en que el liderazgo presidencial era un factor importante.



Ando hace buen tiempo investigando el día a día de la debacle de Leguía, el fugaz encumbramiento de Sánchez Cerro y la aparición estabilizadora de David Samanez Ocampo: “Pacay Seco”. Y es que tuvimos seis presidentes en siete meses… ¡eso sí es crisis!, me digo para darme ánimos en el presente.

En medio de grandes dificultades económicas y sin que se hubieran apagado las huelgas y conspiraciones, el gobierno de este montonero andahuaylino tuvo el liderazgo suficiente para llevar adelante las modernas elecciones de 1931.

Al margen de los resultados —una victoria de Sánchez Cerro que los apristas no quisieron reconocer—, en esas elecciones el voto era secreto aunque no universal pues las mujeres no habían conquistado aun ese derecho. Se abrió un registro electoral moderno, destacando el empleo precursor de tarjetas estadísticas perforadas. También se creó un Jurado Electoral que gozaba de autonomía y tenía a su cargo la proclamación de las autoridades electas, sin que el Ejecutivo o el Legislativo pudieran interferir.

Y todo por primera vez:“Pacay Seco” juró en marzo, apagando el peligro de una guerra civil, y las elecciones fueron en octubre. Saquen la cuenta incrédulos. Esa Junta Nacional de 1931 supo crear en medio de las arenas movedizas de la política organizaciones electorales que antes no existían, para no hablar del hercúleo esfuerzo que significó generar un moderno sistema de estadística y cómputo de resultados.

El gobierno de David Samanez Ocampo logró conducir políticamente la crisis gracias al gran apoyo de Gustavo Jiménez en el campo militar y la notable gestión del cusqueño Francisco Tamayo, ministro de Gobierno. Pero en el balance final, el factor central para la exitosa labor de la Junta Nacional se fundaba en la personalidad y magnetismo de Samanez Ocampo. El liderazgo no se inventa. Mucho menos se sustituye. 

Rodeado de los operadores políticos adecuados, este caballero andahuaylino supo convocar mentes jóvenes y brillantes para elaborar un moderno estatuto electoral y logró hacer de la defensa de su gobierno un faro, acaso el único faro de luz en plena tormenta.

Ya no era el montonero de antes que hizo temblar a Leguía desde Tablachaca, pero “Pacay Seco” y su afilada estampa inspiraban respeto. Ese respeto aterrizaba pronto en una certidumbre: David Samanez Ocampo no tenía juego propio. Estaba en Palacio de Gobierno para hacer cumplir en plazo breve la palabra empeñada al juramentar.

Qué diferencia, ¿verdad?

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