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#LoMásLeído: El síndrome de Keiko Fujimori

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Los moralizadores defienden a gente probadamente corrupta con la que están aliados. Y, como en las mafias, se pelean también: desaguisado del hospital de Moquegua ocurrido en la gestión del exgobernador Vizcarra es algo que se sabía de antes, pero cierta prensa le creó un efecto teflón.



Como el síndrome de Tourette o el de Werner, el de Keiko Fujimori (KF) pasó a ser una dolencia que se instaló en la emoción y en el inconsciente de los peruanos desde hace un buen tiempo. Comenzó en la campaña electoral del 2011, continuó con fuerza en el régimen de Humala, revitalizándose en el de PPK y en el de Vizcarra con intensidad.

Este mal se resume en ser la enfermedad del odio. Fomenta la aversión irracional entre quienes la padecen y los perturba hasta el extremo más demencial. Quienes odian a KF con fruición y energía están inmersos en el totalitarismo. Si por ellos fuera, la desaparecerían de plano. Se nutre del encono fomentado con Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Chávez y tantos otros.

El Perú se volvió una sociedad enferma, atrabiliaria, irascible, intolerante, antidemocrática. El síndrome de KF se aplica también a la animadversión generada contra Alan García, Gonzalo Chávarry y tantos otros.

El odio en la política, o en la vida, es difícil de curar. Una vez que se instala se convierte en una epidemia que ciega y obnubila a quien está inoculado con este trastorno.

En el estercolero creado aparecen los supuestamente buenos, los autodenominados luchadores contra la corrupción que son, generalmente, una farsa. Con el manejo que los falsos transparentes tienen de los medios de comunicación y con la conducta netamente política asumida por estos, han logrado que vivamos en un país polarizado entre buenos, que no lo son, y truhanes malvados que quieren comerse al país.

Han inventado una ruta macabra: la organización criminal. La implementa una Fiscalía digitada, servil al poder y con intereses propios no santos. Por eso es que entre muchos peruanos se dice que la verdadera organización criminal es la Fiscalía y su falsa lucha contra la corrupción.

Los moralizadores defienden a gente probadamente corrupta con la que están aliados. Y, como en las mafias, se pelean también. El desaguisado del hospital de Moquegua ocurrido en la gestión del exgobernador Martín Vizcarra es algo que se sabía de antes, pero cierta prensa creó un efecto teflón ante ello.

A ese hospital y su extraña licitación se suma la sospechosa licitación de la Hidrovía Amazónica, las vinculaciones oscuras de Vizcarra con Odebrecht y el Club de la Construcción, cuyos miembros están metidos en trapacerías variadas. La lista es larga e incluye el aeropuerto de Chinchero cuestionado ayer y hoy por Contraloría. Los moralizadores, sin embargo, no reparan en ello.

Su mira está en KF y regresarla a la cárcel a como dé lugar. Así nos distraen del ominoso caso de César Villanueva, del pago de S/ 524 millones a Odebrecht –que debe S/ 1000 millones en impuestos– por un acuerdo firmado por dos fiscales, lesivo para el Perú, y de otras múltiples irregularidades.

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