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El siglo de los tarados

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 Si no hay lavado de activos, el pitufeo resulta irrelevante en asuntos de gravedad.



La tesis del Equipo Especial del caso Lava Jato se ha caído como un castillo de naipes a favor de Keiko Fujimori. Por lo menos en el fondo del asunto. Este consistía en que se había constituido un modus operandi de “pitufeo” de fondos de campaña porque los aportes a Fuerza Popular (y, por extensión, a OTROS PARTIDOS en situación similar) eran lavado de activos, ergo de fuente ilícita.

Con las declaraciones de los magnates Dionisio Romero P., Roque Benavides, Vito Rodríguez, Alfredo Pérez Gubbins y otros más, hoy sabemos que esos aportes –ya sea de su propio peculio o por intermedio de empresas o gremios privados– tenían fuente lícita y, por lo tanto, el pitufeo no lavó ningún activo. Como la evidencia es incontrastable para cualquiera que tiene dos centímetros de frente, la Fiscalía ha desviado la atención ahora simplemente al “pitufeo”, afirmando que ello comprueba su tesis. Claro, algo tienen que decir los perdedores.

Lo cierto aquí, sin embargo, es que pitufeo sin lavado de activos es nada en términos penales y administrativos comparado con el lavado de activos. Es más, para varios penalistas consultados esos delitos ya habrían prescrito hace tiempo (2011). En síntesis y a prueba de burros: para que el pitufeo sea un delito relevante tiene que ser consecuencia del lavado de activos. Si no hay lavado de activos, esa consecuencia resulta irrelevante en asuntos de gravedad.

Por otro lado, las razones de por qué todos los partidos recurren a camuflar los aportes de campaña hechos por empresarios como los nombrados es muy simple. Estos señores no quieren aparecer ni en pintura si es que el candidato contrario al que no le dieron ni un mango gana (por eso es que Dionisio Romero Seminario LE DABA A TODO EL MUNDO Y LO RECONOCÍA PÚBLICAMENTE sin problema desde hace años). No quieren quedar mal con el poder de turno, porque ello es malo para los negocios. Eso significa que también es bueno para los negocios quedar bien con el  poder de turno, ya sea que uno haya aportado a su ascenso o no.

Y eso siempre ha sido así desde que existen las campañas modernas en el Perú, a partir de los años 80 del siglo XX. Lo increíble es que hoy llame la atención. O es por hipocresía o por una auténtica ingenuidad, como aquella que tienen los tarados. Y es que se ha convertido en una tara de este siglo eso de juzgar con reglas del presente hechos del pasado (como el de casar a dos niños en un matrimonio arreglado de casas reales del siglo del rey Pepino). Ahora resulta que vivimos en un siglo de santones que pontifican virtudes por doquier desde el púlpito del streaming, el cable, la radio o el papel periódico como si hubieran nacido sin pecado original.

Fotos: Mercado Libre

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