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El rey Martín y este asunto de creérsela

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Reseña de un cuento imperdible que debería leer el presidente Vizcarra para poner a buen recaudo los derroteros de su frágil mandato.



La historia de Martín Vizcarra que ayer, en su primer mensaje como presidente por Fiestas Patrias, ha tenido y tendrá su punto culminante, me recuerda aquel relato de Dashiell Hammett (Este asunto del rey) en el que un idealista y bien intencionado joven extranjero es ungido rey de un paisillo balcánico en crisis política y guerra civil.

Aunque he llenado de memoria los vacíos del tiempo cruel, la historia es como sigue: un detective privado de San Francisco, pragmático hasta el tuétano, es contratado por una millonaria aristócrata norteamericana para que ubique a su hijo cuya fortuna está dilapidando por el mundo, en un viaje de aventuras. Las pistas llevan al detective hasta Stefania, capital de Muravia, un país de opereta en el que los militares han colocado en el poder a un anciano médico que ejerce de presidente fantoche. El joven extranjero ha establecido sus petacas allí desde hace tiempo codeándose con la élite local y enamorándose de una lugareña bien puesta.

El idealismo de ambos los lleva a querer “cambiar el mundo” para lo que la fortuna personal siempre será un cómodo principio y definitivo seguro (¡los caviares han existido siempre!). El detective los encuentra tratando de influir en el gobierno del presidente fantoche que se ve animado con la fuerza de la juventud que irradia el extranjero a tomar las riendas efectivas del gobierno en nombre del “bien común”. Entonces comienza a ordenar esto y aquello como si efectivamente tuviera poder para hacerlo (¡los pelotudos también han existido siempre!), hasta que la realidad le da un sopapo en la cara y es expectorado más rápido que volando por los “poderes fácticos” que antes lo habían puesto a él y que ahora encumbran nada menos que al joven extranjero como nuevo rey de Stefania (una suerte de Yo, Claudio).

En medio del caos generalizado, el joven millonario idealista revolucionario (¡jajaja!) acepta el encargo en la idea de que él podrá hacer el cambio que no pudo el presidente fantoche.  Y el detective, convertido prácticamente en su guardaespaldas, lo anima a hacerlo; ya veremos por qué. Y así, mientras el pueblo lo aclama en una tregua más frágil que el cristal, el de San Francisco le dice, luego de su coronación, que haga sus maletas y aproveche el breve relumbrón del poder de la corona para abrirse paso y tomar el primer tren que los saque del país, con reina incluida. Al principio el “rey” no entiende nada. “¿Pero por qué debo exiliarme si me acaban de coronar rey? ¿Y qué de las reformas para el pueblo que pensaba hacer?  ¿Y la revolución?”, se lamenta.

¡Pamplinas! El pragmatismo hasta el tuétano del detective enuncia: “¿Si cayó el doctor fantoche de la presidencia por qué no habría de caer el ‘rey’?. ¿No aclamó el pueblo al viejo presidente fantoche como hoy aclama al ‘rey’? ¿Se puede confiar en el humor del pueblo? ¿Cuánto creen que va a  durar sobre sus hombros la cabeza del ‘rey’ a discreción de la turba?” Y entonces (aunque a regañadientes) el ‘rey’ y su ‘reina’ toman el vapor que los lleva a su exilio dorado de Nueva York o de cualquier otra ciudad cosmopolita; eso sí, con toda la ‘majestad’ de su rango y sin la menor palabra de gratitud para el hombre que les salvó la vida (matar al mensajero de las malas noticias también es una regla universal).

Ironía, cinismo, realismo y humor negro en este cuento delicioso del también autor de la célebre novela El halcón maltés. ¿Díganme si la historia de Martín Vizcarra no se va pareciendo un poco a Este asunto del rey?

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